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El Tabasqueño

EL TIMBRE NÚMERO TRES

 

Estimados lectores, como un obsequio de lectura, el autor les entrega hoy una narrativa extraída totalmente de la imaginación, lo que a continuación leerán sólo es un ensayo de ficción.

 

Por fin había vencido el miedo de pararme frente al aparta­mento de Nadia y enfrentarla para ponerle fin a meses de conversaciones entre cortadas, de mensajes a distancia en las cuales siempre intentaba hur­gar un poco más en su vida.

Conocer por ejemplo porqué aquella perra de hermoso pelaje había sustituido lo que toda mujer buscaba por instinto en su vida: un amor, un matrimonio, una maternidad y un pequeño o pequeña a quien amamantar, proteger y amar.

Pocas respuestas hallaban mis mensa­jes buscando saber más de ella. Quise que me contara de los ataques de asma que la dejaban tumbada en cama con las vías respiratorias de los pulmones inflamados, y como respuesta sólo me había compartido un link.

Supe investigando que los enfermos de asma sufren episodios recurrentes de sibi­lancias en los conductos bronquiales y tos, lo que llega a afectarles la vida personal y hasta emocional.

En dos ocasiones, después de sufrir uno de sus ataques, la sentía renacer, radiante como la mariposa que ha dejado la horrible bolsa que la mantuvo atrapada.

Una tarde observé que se había fotogra­fiado acopiando libros. La imagen, además de alegre, me había parecido atrevida, con las piernas modeladas sobre una mesilla de lectura.

La busqué tentado por la estampa. Recordé los años en que habíamos estudiado juntos en la facultad de Filosofía y Letras, donde com­partimos la materia «Historia de la filosofía griega», que nos llevó de inmediato a Herácli­to «El Oscuro», al que Borges vinculó con el tiempo: «Somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana…».

Yo ya no era más aquél otro de esos años de universidad, y ella tampoco aquella chica de lentes ovalados con brazos cargados de libros.

— ¿Recuerdas aquellas tardes a orilla de la laguna en la que el mundo desaparecía mientras leías imbuida aquellas novelas feministas? Yo siempre aparecía junto a ti con cualquier pretexto y tú, al elevar el rostro, me regalabas esa mirada de inmensos y brillantes ojos negros.

Ahora que la había visto en ese retrato de coquetería intelectual no dejaba de pensar que entre nosotros siempre flotó en el aire algo más que compartir lecturas y nuestro apa­sionado gusto por las teorías de Descartes, que años más tarde la llevaron a estudiar psicología.

Fue entonces que ella me escribió ese mensaje directo e inquietante: «Me sigues atrayendo físicamente y me gustaría estar contigo, pero esto es algo que no podemos tra­tar así abiertamente, ni tampoco por aquí». En ese momento el corazón bombeó tanta sangre por mi cuerpo que me provocó un mareo momentáneo.

Me atreví a pedirle una foto y ella sin dudarlo me envió la que minutos antes se había toma­do. Repasé la imagen y la creí perfecta: una mujer inteligente, con aires de coquetería e inte­lectualidad, mostrándome sus bellas piernas sobre una mesa colmada de libros.

Desde ese día intenté cen­trar nuestras conversaciones en temas variados, pero ine­vitablemente terminábamos hablando de que después de tantos años de conocernos, esa atracción física había crecido y que debíamos de coronar aque­llo que en el pasado nunca pasó. «Somos el río de Heráclito», esgrimí con Borges.

Se trataba de una fuerza físi­ca, sexual, pues ya nuestras vidas caminaban cada quien en su cada cual. Ella sobrellevando una vida aburrida con ese hombre al que la unía la seguridad pero no la pasión, y yo en la mía con el alma vendida a la universidad, donde daba clases de tiempo completo y sin mayor espacio que el que Nadia estuviera dispuesta a darme.

De pronto ella dejó de contestar con regularidad mis mensajes, a veces tardaba hasta una semana en respon­der, culpaba a que con la pandemia del Covid la habían obligado a mudarse al homework sin tiempo para nada.

Pero aquellas palabras me habían envenena­do: «me atraes físicamente» y ahora quería una respuesta, sincera, personal, directa, aunque no fuera pasional sino sólo «física».

Las palabras habían cruzado esa delgada línea entre dos amigos que se gustan y dos futuros amantes que se declaran una atracción sexual.

Por eso aquella tarde —pasaba del mediodía— decidí enfrentar todo y presentarme en su depar­tamento en la esquina de las calles Cabañas y Francisco Javier Mina, a unas cuadras de la Plaza de los Mariachis.

Llegué antes de lo que había pensa­do y me puse a merodear cómo estaban las cosas en su edificio. Lo primero que confirmé fue que vivía en el tercer piso: Alcancé a percibir sus plantas, a las que tanta dedicación les daba. Me causó desilusión mirar en la terraza una pareja de palomas de barro verde de Oaxaca que se encontraban y parecían darse un beso.

Las ventanas de todo el departamen­to se encontraban cerradas, lo que elevó mi pulso al imaginar que podrían encon­trarse en la cama, abrazados, desnudos, tal vez minutos después de hacer el amor.

Esa idea hizo que la sangre me hirviera y fue cuando definitivamente y sin ningún temor me paré frente a la entrada del edificio y de forma arrebatada apreté con fuerza el botón del timbre número tres. Nadie contestó.

Al fondo del pasillo del conjunto habitacio­nal se veía la figura a contra luz de alguien que reparaba una lámpara. Se veía algo obscuro y apenas se perfilaba bien la figura.

Volví a la carga con el timbre hechizo, de esos que venden en las plazas de tecnología y no de interfón, como el resto del edificio. El botón circular tenía un letrero borroso por el tiempo con una flecha que decía: «Tocar aquí para el departamento del nú­mero tres».

Nada pasaba. Me alejé para observar a la distancia el interior del departamento, pero no vi ningún movimiento, parecía vacío. « ¿Se habrán separado ya y ella estará con su mamá?», pensé con una perversa alegría.

Cuando tocaba por tercera vez el timbre, un hombre medio gordo, de cabello largo y lentes redondeados apareció a mis espaldas.

—¿A quién buscas? —inquirió el individuo con tono apesadumbrado—. Lo he observado merodeando desde el café de enfrente.

—¿Usted vive en el número tres? —le res­pondí, mientras lo observaba, rollizo y ojeroso.

—Solía vivir ahí pero nos hemos mudado a otro barrio.

—¿Conoces a Nadia? —me atreví a pregun­tar y me sentí seguro al encarar el momento.

—Ella también solía vivir en el edificio, pero no la he visto más —me respondió sin dar explicaciones.

— Nadia es mi amiga y tiene semanas que no logro hablar con ella, no responde mis men­sajes y en su teléfono nadie contesta.

¿Tú eres el profesor universitario que estudió con ella? —sentí la pregunta como un latigazo, como si de pronto me hubiesen de-senmascarado.

— Sí, soy yo, estudiamos juntos en Zapo­pan y hemos sido siempre buenos amigos —«y próximamente amantes» quise agregar con cinismo.

—Los últimos mensajes que usted recibió del teléfono de Nadia eran míos —me respon­dió y sentí como si me encajara un crouchet directo a la mandíbula.

«Nadia enfermó de Covid-19 hace tres se­manas, al principio creímos que no sería grave, pero la semana pasada sus papás decidieron llevársela al hospital y desgraciadamente fa­lleció», me confesó y yo lo sentí como un nuevo golpe.

Lo que él me decía llegaba a mis oídos en ecos lejanos, mientras todo alrededor lo veía en cámara lenta, como si lo que ocurría en ese instante se tratara de un aletargado sueño, no, un sueño no, una pesadilla.

—Cuando la internaron me quedé con el teléfono de Nadia y aparecieron sus mensajes en el celular. Yo le seguí escribiendo para saber qué estaba pasando realmente entre ustedes. Al final decidí dejar de responder sus mensajes cuando comprendí que ella y usted en realidad no se habían visto. Además, cuando ella em­peoró no tuve humor para seguir con el juego y la mentira.

—Usted no tenía derecho a hurgar en el celular de Nadia —le respondí, tratando de recuperarme de las sacudidas que el orondo me había dado.

—Se acabó amigo, ella era todo para mí y desgraciadamente ha muerto. No me impor­ta lo que usted diga. Ella ya no está. Vine al departamento para llevarme las últimas cosas que quedan en el lugar.

No supe cómo darle el pésame al novio de la mujer que había descubierto mis intenciones de hacerme amante de Nadia. Alcancé a darle la mano sin apretar. Él correspondió sin ganas. Balbucee que lo sentía. Él se dirigió al edificio y yo me eché a andar.

Llevaba apenas unos pasos y voltee. Quise ver por última vez aquellas palomas enamora­das, pero al levantar la vista vi que alguien se retiraba de la ventana en cuanto miré.

¿Era Nadia? ¿O era sólo mi mente? Nunca más lo supe. Me eché a caminar y en la esquina hallé un bote de basura. Saqué entonces de mi pantalón el teléfono celular y lo tiré con fueria…. Y seguí mi vida.

 

 

 

 

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