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El Tabasqueño

TABASCO: EN GUERRA CON LA NATURALEZA

 

En pleno 2020 ¿Por qué Tabasco sigue inundándose?

Los ríos, una fantasía poética desperdiciada

 

En Tabasco durante años el agua ha sido orgullo y folklore; los tabasque­ños han tenido conciencia de que por sus tierras corren poderosos cauda­les de los que se sienten orgullosos y a los que han aprendido a respetar, principalmente el Grijalva y el Usu­macinta que se imponen y dominan con su esplendor este pequeño pedazo de trópico en el que vivimos.

El poderoso delta con su extendido venal de brazos, arroyos y lagunas que buscan salida al Golfo de México es visto como un regalo de la naturaleza y quizá gracias a todos ellos es que Tabasco es conside­rado un Edén.

Tanto se ha idealizado a los ríos en nuestro querido Tabasco que son famosas las poesías y canciones que fantasean sobre su grandeza y su fuerza, algunas son ya himnos de identidad y otras más profundas, como las del poeta Carlos Pellicer han trascendido a la estética con sus metáforas:

«Más agua que tierra. Aguaje / para prolongar la sed. / La tierra vive a merced / del agua que suba o baje.» [ Cuatro cantos en mi tierra, 1977]

«Y el agua crece y habla y participa. / Sácala del torrente animador, / tiempo que la tormenta fertiliza; / el agua pide espacio agricultor.» [El canto del Usu­macinta, 1989]

Y así ha sido en los últimos 100 años recientes, un enamoramiento con los afluentes, que además de su augusta belleza —que solemos contemplar— no he­mos sabido aprovechar para absolutamente nada, si acaso para abastecer la potabilización y los cárcamos. No tenemos sistemas fluviales de transporte, ni gran­des flotas de pesca, ni pequeñas represas que generen energía [más allá de las que explota la CFE desde 1966 a la fecha, en diferentes etapas].

El agua ha sido un espléndido adorno para inspirar la fantasía poética, pero de ahí en fuera ha dejado más calamidades que beneficios tangibles, pues en todos estos años los ríos han dictado nuestro futuro y no al revés, pues no los hemos podido controlar.

Cuando cíclicamente enloquecen por los tempo­rales y «errores de cálculo» en las presas, se vienen con todo sobre la meseta tabasqueña y es entonces que aquella fantástica «pedacería de espejo» de la que habla Pellicer deja de ser la blanca, brillante, fresca y pasiva agua, para transformarse en una amorfa masa enloquecida e histérica que poseída por su propio peso termina inundando todo a su paso.

El tema central es que en el último siglo de civilización y «modernidad» Tabasco no ha logrado resolver el problema de las inundaciones por presas, por lluvias, ni por ríos. Y no se ha hecho porque a lo largo de los años a nadie le ha importado desarrollar un proyecto transexenal que resuelva qué hacer con la locura del agua.

Hasta ahora lo que han hecho es «pasear el agua» de un lado a otro. Por un lado por las ventanas de alivio hacia los Aztlanes y más allá en zonas de Las Gaviotas; por otro lado con las compuertas de El Macayo las han enviado a las zonas bajas de la Chontalpa Chica, convirtiendo todas esas tierras de viviendas, cultivos y ganadería en grandes vasos reguladores. Todo para medio salvar a Villahermosa de inundarse.

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Pero todo esto es un tema tan viejo que es vergon­zoso que, con tanta ingeniería hidráulica, los gobier­nos federales y estatales de las últimas siete décadas no lo hayan podido resolver y que en cambio prefieran entregar «apoyos« pírricos a damnificados en vez de invertir en un proyectos definitivos.

En 1947 en su discurso de toma de protesta como Gobernador del Estado de Tabasco, Francisco J. Santamaría afirmaba: «a pesar de su naturaleza exuberante y pródiga el estado sigue viviendo la condición más auténtica de pobreza y carestía. Como ninguna otra entidad de la República, como ningún otro país del mundo, Tabasco vive a merced de los elementos y en guerra con la naturaleza misma».

Santamaría critica que las aguas inexhaustas [que no se agotan] han sido motivo de pura fantasía {poética] pero que en realidad a menudo las feraces regiones que mejores frutos debieran dar se convier­ten en esteros y marismas mal sanas e improductivas y que las tierras mismas, movedizas y deleznables por excelencia, cambian de sitio por acción de las aguas fluviales; los ríos cambian caprichosamente; donde hoy era un sembradío mañana es un lago, y nacen y desapa­recen ríos y arroyos con la misma variabilidad con que las nubes se arrebujan o disipan en la atmósfera».

Es pues, esto de la inundación una historia vieja, ro­mantizada, a la que se le ha justificado hablando de una relación histórica entre el agua y el tabasqueño, como si fueran peces o pejelagartos, como si vivir con los pies mojados y sus pertenencias haciendo malabares arriba de tabiques, cuerdas y maderas fuera parte de una ex­traña cultura que nació para vivir dentro del agua.

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Nada nos ancla más al pasado como el agua y, des­graciadamente, el tabasqueño es un viejo conocido de esa fuerza: ha vivido, ha luchado y ha sufrido contra ella desde que tiene memoria.

Si Francisco J. Santamaría describía con claridad desde 1947 cómo Tabasco vivía a merced de los ríos y en guerra constante con la naturaleza misma, en el futuro los historiadores podrían escribir de nosotros que, en el año 2020, las pesadillas en las Gaviotas Sur no sucedían a causa de un mal sueño, sino al despertar una mañana y encontrar a un enemigo sigiloso, que se había infiltrado arruinando camas, televisores, lavadoras y que además se había apoderado de su casa.

En unos años los historiadores también podrán es­cribir que en el año 2020, en Tabasco, sucedió lo mismo que en los últimos tres siglos: aquellas viejas fotos con calles y colonias anegadas seguían inundándose, y que aunque la moda y la arquitectura cambió, la historia de la inundación siguió siendo la misma.

Los tabasqueños del año 2020 no se imaginaron que un día volvería la inundación y que ellos serían protagonistas como lo fueron sus padres, sus abuelos y tatarabuelos.

En un futuro los cronistas podrán escribir que el año 2020 fue tres veces aciago: primero por una pandemia que obligó a los tabasqueños a confinarse en sus casas por ocho meses, y después por dos inunda­ciones que los apalearon en menos de un mes y que los expulsaron de sus viviendas, pese a que aún no acababa la pandemia.

Finalmente los investigadores podrán documentar que aquellos que sobrevivieron al Covid-19 no se salva­ron ante la crisis de quedarse sin trabajo ni alimentos y que encaramados y aislados en los techos de sus casas, intentaban huir de la creciente, del «covidengue», del sabañón, de la leptospirosis y la desnutrición… Estos arqueólogos de la información estarán obligados a reportar que Tabasco fue una civilización condenada a la inundación y que la riqueza del agua y el petróleo acabó con ellos.

 

«Huyo de lo que me

sigue y voy detrás de

lo que huye de mi»

OVIDIO

 

 

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