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El Tabasqueño

¿CUÁNTO MÁS RESISTIREMOS AL COVID-19?

 

Vacunas llegan a cuentagotas mientras el bicho nos acorrala

La muerte de Marisela sacude y recuerda nuestra fragilidad

 

Eran las 16:45 horas, del miércoles 20 de enero, cuando al aeropuerto de Villahermosa arribaba un avión de transporte táctico y logístico CASA C-295, de la Secretaría de la De­fensa Nacional. Antes había hecho escala en Chiapas y Veracruz. Estas aeronaves tienen una longitud de 24 metros y un peso de once mil kilos, con una capacidad de carga de 9 mil 250 kilogramos, su velocidad máxima de vuelo llega hasta los 576 kilómetros por hora.

El gran avión de la Sedena era esperado en tierra por dos motociclistas y una patrulla de la Policía Estatal de Caminos (PEC), tres camione­tas Chevrolet del Ejército con cuatro elementos fuertemente armados en cada unidad, un camión Freigtliner M2 para el transporte de tropas, dos camionetas Pick Up de la Guardia Nacional con ocho elementos igualmente armados y otra camioneta más, ésta de la Secretaria de Seguridad y Protección Ciudadana (SSyPC).

Un despliegue logístico y de resguardo impre­sionante, mayúsculo, pero a la vez exagerado, innece­sario para la carga que llegó ese día: 195 frascos de vacuna contra el COVID-19 Pfizer, Inc. y BioNTech, las cuales cabían perfectamente en una pequeña caja o nevera cargada a dos brazos; de esos frascos, la Secretaría de Salud debía obtener 975 dosis (a razón de cinco partes por recipiente). También llegaron en el cargamento 1,000 jeringas para la inyección subcutá­nea; 200 jeringas para diluir el polvo en el disolvente; 200 unidades de diluyentes de la vacuna.

Al final la Secretaría de Salud logrará inocular únicamente a 970 personas, pues lamentablemente un mal manejo de una ampolleta la hizo reventar perdiéndose el elixir de vida que son en estos días las vacunas.

Hasta hoy, Tabasco sólo ha logrado vacunar a 10,720 personas al servicio del Sistema de Salud Estatal, un 35 por ciento de todo el personal de las unidades de primer nivel del estado, por lo que aún esperan les entreguen 11 mil dosis más que aún no tienen fecha de envío.

Cualquiera que sea la razón, el número de vacunas que llega al país es a todas luces insufi­ciente: las entregan a las entidades a cuenta gotas mientras en Estados Unidos no saben qué hacer con 38 millones de inyecciones que mantienen en congeladores debido a fallas en su campaña de va­cunación, es decir, tienen tantas que no saben cómo moverlas de forma más rápida, incluso han firmado un acuerdo con las farmacias de las tiendas Walmart para que se conviertan en centros de vacunación.

Al final está sucediendo lo que no se quería, pero que es casi ley: los países más ricos y poderosos, los que han encabezado las investigaciones están acaparando las vacunas, mientras que al resto del mundo, incluido México, nos entretienen con peque­ñas dosis de placebos.

¿Misión cumplida?

                    …

¿Cuánto más resistiremos sin contagiarnos? ¿Cuántos más perderán la batalla por mantener el bicho alejado de su organismo? ¿Cuántos más serán derrotados y entregarán la vida? Es imposible saber­lo. Miles seguirán cayendo ante al asalto del mortífe­ro virus, cuyo único plan es invadir y minar nuestro sistema inmunológico para causar el mayor daño posible hasta ganar la última pelea y aniquilarnos.

Sobrevivir hasta recibir la vacuna que nos salve la vida parece argumento de una película de ciencia ficción apocalíptica —filme que no contaría con el invencible «Terminator», pues su debilidad se ha demostrado al ser ya inoculado—, aunque en la vida real los auténticos malos son —además del bicho invisible—, los ambiciosos laboratorios que inven­taron las defensas y que en este momento tienen a sus pies a los países del mundo, que les ruegan por cargamentos de la fórmula de inmunización mientras negocian fortunas en millones de dólares a cambio de unas gotas de vida. A la par, sus acciones en las bolsas bursátiles se elevan hasta el cielo.

Las preguntas flotan en el aire: ¿Cuánto más resistiremos? ¿Qué tanta paranoia produciremos quienes aún no hemos caído ante el COVID-19? ¿Cuán­tos más sufrirán la angustia de quienes hoy enfrentan la enfermedad con pronósticos reservados? ¿Cuán­tos meses más de encierro? ¿Cuánto tiempo más seguiremos escondidos detrás de un cubrebocas como única defensa ante el enemigo invisible? ¿Cuánto alcohol, líquidos, aerosol o toallas desinfectan­tes estaremos esparciendo obsesivamente por donde vayamos huyendo?

La luz de los faros de la esperanza que ha encendi­do el gobierno federal con el Plan Nacional de Vacunación es pequeña y muy lejana aún. Nadie puede celebrar ni cantar victoria, la batalla no se ha ganado, hasta el jueves aún faltaba el 65 por ciento del personal médico del estado por vacunarse, un alegre y confiado optimismo a estas horas puede llevar a más de uno al cementerio.

Todo enero y parte de febrero será ocupado para terminar de vacunar a los más de 18 mil trabajadores de Salud que tiene Tabasco, y después vendrán a la lista 167 mil 957 ancianitos de 60 años en adelante, que acercarán el hombro para recibir la aguja de una jeringa que promete salvarles la vida, alargar los años, para seguir disfrutando del amarillo de los macuilís o de los calorones que hacen saborear un rico pozol. Esta postal de los adultos mayores seguirá repitiéndose una y otra vez hasta mediados de abril.

Mientras todo esto pasa ¡habrá que seguir resis­tiendo!, huirle a las aglomeraciones, sentir pavor al reci­bir algún objeto de otra persona. Rociar a cada instante de alcohol las manos. Intentar sobrevivir mientras vemos pasar el calendario que tiene marcado vacunar entre mediados de abril y hasta marzo de 2022, a un millón 263 mil 486 personas en Tabasco.

Todo esto siempre y cuando no haya contratiempos, que las vacunas no se retrasen, que las ampolletas sigan llegando cada vez en mayor número. Algo me queda claro, entre más tiempo pase menos posibilidades tendremos de seguir aguantando sin contagiarnos. El tiempo nos juega en contra. Un paso en falso, un ol­vido, una compra no lavada, una mano llevada al rostro puede ser el paso franco al bicho que viene programado con una sola misión: enfermarnos y si puede, matarnos.

                    …

La muerte de la señora Marisela Nieto Contreras sacudió a todo Tabasco, a quienes la conocían, a los que sabían quién era ella y a quienes no, también. ¿La razón? Era un mujer de una familia perteneciente a la pequeña esfera social tabasqueña, con recursos económico, relativamente joven (52 años), delgada, sin comorbilidades aparentes [desconocemos el expediente clínico] de padre doctor, con un esposo doctor, con un hijo doctor.

Alguien con estas características socioeconómicas y de salud no parece ser una persona que debió llegar a ese final fatal a causa del COVID-19, sin embargo, pasó. La muerte de la señora Marisela sacude porque nos recuerda la fragilidad en la que nos encontramos, y nos hace pensar, si alguien así, con dinero, rodeada de médicos en su familia, saludable a la vista, perdió la vida, ¿qué podemos esperar nosotros ante un indeseable contagio?

Sin duda, esta guerra la ganará la ciencia que vencerá al virus, pero mientras no llegue la vacuna, nos queda seguir resistiendo, sobreviviendo, con la espe­ranza de que alcancemos el día de acercar el hombro, recibir la inyección y pasar al umbral de la vida.

 

«La alegría del mundo

es volver a comenzar»

CESARE PAVESE

 

 

 

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