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Director Miguel Cantón Zetina
El Toloque.

El pandillero linchado: cobra venganza y se lleva a otro

El Toloque mata al Pepe Luis el sábado 5 de septiembre por la noche. Hiere también al amigo de su enemigo. Vecinos lo linchan.

REFORMA, CHIAPAS.— Cruzar el puente para adentrarse en las ca­lles y recovecos de la colonia Lo­mas del Santuario es un peligro cotidiano: Si la pandilla coman­dada por el Toloque merodea cerca, quien viene de la ciudad o baja hacia ella sufrirá un asalto con agresiones.

Resistirse no es conveniente, El Toloque tiene amenazado a medio mundo. Ni siquiera la po­licía ha podido detenerlo, y eso que conocen muy bien su guari­da, ubicada por la prolongación Francisco I. Madero.

El sábado 5 de septiembre, como a eso de las 10 de la noche, un sapo le avisa al pandillero que Pepe Luis viene bajando la loma. El Toloque tiene un pendiente con el mentado hombre. Sabe que desde hace tiempo el «man» se fue a vivir a Pichucalco y solo viene esporádicamente a visitar a una hija.

«Llegó tu hora», masculla en­tre dientes el iracundo malévo­lo. Pero no es tan valiente como aparenta, antes de salir con sus hombres a interceptar al Pepe Luis, se mete entre las ropas un cebollero.

 

DOS APUÑALADOS

Pepe Luis viene bajando la loma tranquilamente, ya ni se acuerda de la bronca que tuvo con el To­loque. Lo acompaña un amigo, Beto, con quien platica anima­damente mientras los dos se dirigen al depósito La Iguana por unas cervezas.

En la calle el único ruido que hay a esa hora es un musical de televisión que parece que todo mundo escucha a máximo vo­lumen en sus casas. El par de amigos están a unos pasos del expendio.

«Así te quería agarrar, c…», amenaza el Toloque, quien sale sorpresivamente de las sombras y ensarta un cuchillo en el ab­domen de Pepe Luis, que cae al suelo sin tener tiempo para de­fenderse.

Beto, que tiene 26 años y más agilidad que Pepe Luis, no sabe qué pasa, pero trata de proteger a su amigo tirado en la calle polvorienta. El Toloque, ayudado por sus compinches, le asesta también una puñalada en el abdomen.

 

SE LA COBRAN CARO

Cuando ven caer al segundo hombre con los intestinos de fuera, El Toloque quiere empren­der la huida a su guarida, pero la gente se asoma a la calle y al ver lo que sucede, empiezan a perse­guir al pandillero. Sus secuaces se desperdigan, dejándolo solo a merced de la muchedumbre.

Toda la mala leche del Tolo­que —los asaltos a las mujeres que regresan temblando y con el bolso vacío de la comida; el puñal presionado en la gargan­ta de los obreros que son bol­seados cada quincena ante de dejarlos ir sin nada; las agresio­nes a las muchachas que pasan rumbo a la escuela; la comida chatarra que toman sin pagar de la tienda—, le son cobradas por los enardecidos vecinos.

Pronto la cara del pandillero se inflama y comienza a sangrar, queda inconsciente también en el suelo, muy cerca de donde ya­cen sus víctimas. Para su fortuna, llega primero la Cruz Roja y reci­be, junto a sus enemigos derriba­dos, los primeros auxilios. La am­bulancia parte hacia el hospital general de la ciudad.

Horas después, los médicos informan a la hija de Pepe Luis del deceso de su padre. Llora porque piensa que si su proge­nitor no la hubiera visitado, no habría ocurrido esta desgracia. Maldice al Toloque. El otro apu­ñalado sobrevive.

El pandillero linchado, cuyo nombre es David «N», abandona el hospital esposado y custodiado por los agentes de la fiscalía. Un juez revisará su caso para deter­minar si es culpable o no de ho­micidio calificado.

El criminal no piensa en la sentencia, su mente machaca una sola idea, como si se trata de un bruto: mi venganza está sellada.