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Voces

El mundo se va tras él

Esta frase fue pronunciada por los fariseos Juan 12:19. Este sen­timiento de impotencia frente a una figura carismática es lo que impulsa a los fariseos a buscar la muerte de Jesús, pues la gente le seguía.

¿Por qué la gente seguía a Je­sús? Porque tenía algo especial, un don divino. Sus enseñanzas eran sencillas, explicadas en el lenguaje de la gente pobre, ha­blaba del reino de Dios. Sus ora­ciones eran poderosas, trayendo sanidad y liberación a quienes estaban sufriendo. Y su presen­cia, acompañando al pueblo en crisis, traían aliento y esperan­za al corazón.

La Entrada Triunfal de Jesús

Era el domingo antes de la Pas­cua, el día cuando parte de las legiones romanas entraban a Je­rusalén para evitar que surgie­ran rebeliones durante la fiesta de la Pascua, que evocaba la li­beración del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto. Juan 12.12-15

Este acto de Jesús de entrar en la ciudad de Jerusalén fue tan atrevido, que ni sus propios dis­cípulos lo comprendieron en ese momento, como dice el v. 16: «Estas cosas no las entendieron sus discípulos al principio; pero cuando Jesús fue glorificado, en­tonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de él, y de que se las habían hecho». No obstante, el sencillo acto de Jesús trajo esperanza al pueblo porque era un desfile de la vida. Sí, era una afirmación de la vi­da ante las amenazas del ejérci­to extranjero. Y ese grito de vida levantó el ánimo del pueblo v. 17 y 18

La expectativa de la multitud

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“El siguiente día, grandes mul­titudes que habían venido a la fiesta, …tomaron ramas de pal­mera y salieron a recibirle, y cla­maban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Se­ñor, el Rey de Israel!”

La multitud había venido a re­cibir a Jesús como su Rey. Lo sabemos por el uso de las pal­meras. El uso de palmas en es­te tiempo era una señal de la alegría por la victoria de un rey sobre sus enemigos. La voz de la multitud es ¡Hosanna! ¡Ho­sanna! Que quiere decir ¡Sálva­nos! Hoy también la generación de este tiempo puede evocar esa voz y decir a Jesús que nos salve de los peligros de estos tiempos aciagos y oscuros.

Los líderes fariseos, por el con­trario, nunca llegaron a com­prender por qué la gente seguía a Jesús, aunque sí llegaron a com­prender que toda su oposición era vana: “Ya veis que no conse­guís nada. Mirad, el mundo se va tras él”.

El elemento que no podían com­prender era la gracia divina, la gracia irresistible del Dios de la Vida.

Jesús era la encarnación de Dios, y, por lo tanto, era la pre­sencia de Dios hecha carne. Co­mo tal, también era el amor y la gracia de Dios hecha hombre.

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