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septiembre 20, 2021

Columnistas

El infinito naufragio

Por Héctor Tapia

 

Sin ser explorador, ni proponér­melo, emprendí un viaje inespe­rado —el verano ha sido siempre el mejor lugar para cualquier aventura—, el caso es, querido lector, que en estos momentos navego desde un punto inde­terminado hacia una experiencia jamás vivida. Aunque he de reconocer que no todo lo que observo me es ajeno.

La primera noche me desperté sorprendido por el frío y me envolví en las sábanas, sentí los profundos escalofríos que hacen castañear los dientes, todo, en medio de la inmensidad de este mar en el que navego con sombras congelantes y soles hirvientes.

Lo único que me ha parecido incómodo es que la nave es de un solo camarote, aislado del resto de la tripulación, lo que me hace sentir solo, preso de mis pensamientos, difíciles de lidiar. Tal vez sería más fácil charlar un poco de pesca con algún marinero que enfrentarme a mi propia retórica de moralidad.

Habrán de perdonar la ausencia sabatina de El Tabasqueño, pero los primeros cinco días de esta insólita aventura no obtuve inspiración para algo que medianamente valiera la pena. Aunque hubo un pequeño momento en los que el mar embravecido me hizo temer una desgra­cia menor: la falla de un motor que causara un naufragio temporal o un hoyuelo en el casco de la nave. Nada de eso pasó.

La vida del marinero es moldeada por la mar, que los obliga a ser fuertes y cautos a la vez, sin desafiar sus aguas. Discretos ante los susurros del viento. Precavidos, haciendo al pie de la letra lo que dicta el capitán en todo momento.

Nada se gana enfrentando al océano conver­tido en tormenta. Quien lo desafía —por valor o torpeza— es arrastrado al abismo, al entierro sin velas ni velorio, a ese cementerio sin memoria en el que yacen cuerpos sin lápidas ni epitafios, enterrados entre prisas y miedos.

Sueño o pesadilla, parece ser el albur de este viaje. Yo he decidido afrontar la adversidad con prudencia, sin navegar con viento en contra, ais­larme en este camarote y enfrentar a ese yo que desde un rincón grita: «te lo dije», «cobarde», «no lo hubieras hecho»…

Tropiezo a mitad de la travesía con estos versos efímeros de José Emilio Pacheco [Inventario 2012]:

«Nuestro barco ha encallado tantas veces que no tenemos miedo de ir hasta el fondo. Nos deja indiferentes la palabra catástrofe. Reímos de quien presagia males mayores. Navegantes fan­tasmas, continuamos hacia el puerto espectral que retrocede. El punto de partida ya se esfumó. Sabemos hace mucho que no hay retorno posible. Y si anclamos en medio de la nada seremos devo­rados por los sargazos. El único destino es seguir navegando en paz y en calma hacia el siguiente naufragio».

Pero este viaje no es el fin del camino. Busco tocar puerto y seguir mi rumbo lejos del mar y los naufragios infinitos. Sobrevivir. Que sueños y pesadillas naveguen en aguas distintas. Un niño abre los ojos y me descubro en él, afuera del camarote, por fin. Tengo en mis pequeñas manos de infante el timón de la nave que apunto de nau­fragar estuvo varias noches. La pértiga está en mi dirección, en mi destino.

*El autor ha tomado algunas semanas de holganza por el verano, volverá a estas páginas el próximo 14 de agosto. ¡Salud!

 

 

 «El tiempo nos conduce —siempre— adonde no queremos ir. Amemos el tiempo»

SIMONE WEIL

 

 

TWITTER: @HECTORTAPIA_

@ELTABASQUENOMX

Comentarios: [email protected]

 

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