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El fin trágico de Alí Ven Hurr: el rey de faquires

En 1913 la conmemoración del santo patrono de la capital tabasqueña, San Juan Bautista se realizó con bombos y platillos. Por muchos años éstas fueron recordadas.

El programa incluía además de la ceremonia y otras festividades religiosas, bailes para la clase alta y baja, competencia de natación en el río Grijalva y para finalizar, el domingo 29 de junio, la celebración de una corrida de toros en la plaza La Lidia, como parte de esa corrida el faquir Alí Ven Hurr quien se hacía llamar el Rey de los Faquires se haría enterrar en el centro del redondel.

En la propaganda se decía que el espectáculo de Alí Ven Hurr era altamente mortal pero que tenía su explicación científica, gracias a los avances en las técnicas del hipnotismo y la catalepsia. Sin embargo, se añadía que se desconocía el modo con que el rey de los faquires entraba en estado cataléptico.

De acuerdo al contrato que había realizado con la empresa La Lidia, el Rey de los Faquires llegó puntual al coso y a las 10:30 del domingo en medio de una muchedumbre curiosa inició su entierro en un féretro de cristal, bajo la supervisión de los doctores Tomás G. Pellicer, Fernando Formento, Luis Bobadilla y Juan Graham Casasús, quienes debían reconocer el cuerpo antes del entierro y después de la exhumación. También Roberto R. Moret, jefe político de Centro, estuvo presente para atestiguar el acto y cuidar que se cumpliera con lo anunciado. Dos gendarmes se encargaron de custodiar la fosa durante las horas que permaneció enterrado el faquir.

Por la tarde la plaza estaba atiborrada de un público que ansioso esperaba la extracción del féretro para observar la milagrosa resurrección de Alí Ven Hurr. A las 5:30 de la tarde se procedió a su desentierro y los asistentes se percataron que el faquir se encontraba reclinado sobre el costado derecho, alterando por completo la posición original al momento del regidor Alejandro Rodríguez, el jefe político Moret y la policía que mantenía el orden, evitando que la multitud invadiera el lugar en el deseo de observar el cuerpo inmóvil del Rey de Los Faquires. Sin más que hacer, los médicos declararon la muerte del faquir.

El nombre del faquir era Rafael de la Torre, natural de San Juan Puerto Rico, tenía 24 años de edad y llevaba dos meses en el ejercicio de su espectáculo que con éxito había realizado en Mérida, Yucatán.

Fue sepultado en una tumba del panteón central.

 

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