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Política de Hoy

El difunto AMLO

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Muchos años atrás, cuando los medios de comunicación hablaban o escribían de la salud del presidente de la República, se hacía en el sincero temor de que el eventual quebranto pudiera incapacitarlo para gobernar.

El país venía de una revolución donde la única constante eran la traición y la incertidumbre respecto al caudillo en turno.

Todavía, en el sexenio 58-64, se rumoró que los aneurismas cerebrales de Adolfo López Mateosprovocaron que en realidad las órdenes de Palacio las dieran Gustavo Díaz Ordaz, de Gobernación, y el secretario particular Humberto Romero.

Incluso, en su despacho se adaptó un cuarto a prueba de ruidos en el que “Adolfo El Joven” se aislaba horas: los sonidos agudos exacerbaban su dolor, y no lo dejaban trabajar.

Terminó sin sensibilidad, sin movilidad, sin voz, y sin posibilidades de “darse el tiro” con que amenazaba.

Había entonces razón para la preocupación por la salud del mandatario, por eso con el correr de los años en las leyes se tuvo que agregar lo que pasaría en un hipotético escenario en que el estado físico del líder le impidiera llevar tan alta misión.

Quién lo relevaría en una urgencia, y por decisión o trámite de qué autoridad. Legítimo, porque era inquietud por México.

Ahora, sin embargo, con López Obrador, la prensa consigna sus males -que no negó, y con lo que sorprendió a sus enemigospresentándolos como si no fuera apto o careciera de facultades para desempeñar el cargo, con lo que (según ellos) “debe renunciar…”

Muy diferente al debate, por el mismo tema, de décadas anteriores.

Lo que sí negó AMLO, de lo filtrado por el hackeo a la SEDENA, fue “lo del alcohol”.

Hasta otros padecimientos, que no fueron citados en la fuga de información, aceptó.

En su época, Manuel Clouthier viejo acusaba a sus adversarios de decirle de todo.

“Lo único que les falta decir -se le atribuyó afirmar- es que soy puto…”

Obrador (lo expresó) “no tiene pensado morir” en el servicio público. Como Juárez…

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