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Educar para ir más allá

Cuando una persona pretende hacerse un traje, primero mide la tela para calcular si le alcanza, en el caso contrario, tendrá que re­nunciar a su pretensión. Cuan­do los padres de familia reciben a un hijo en el seno de su familia, tendrían que darse cuenta que tienen la inmensa posibilidad de contribuir, con su acción educa­dora, a la formación de un gran ser humano, hombre o mujer. En gran parte dependerá del hori­zonte que estos padres se plan­teen.

Ciertamente cada ser huma­no que recibe la vida de Dios, es como una semilla que puede lle­gar a ser un gigantesco árbol fru­tal. Por eso cada persona lleva en sí, de algún modo, el sello de los gestores de su formación. En la vida y con las posibilidades rea­les con que cuenta cada familia, tomando en cuenta su cultura, su propia historia y su entorno so­cial, existe una gran diversidad en el desarrollo humano de cada persona; tanto así, que cuando tratamos a alguien que manifies­ta riqueza en valores humanos llegamos a decir: “esta es una persona de gran calidad huma­na”, indicando, desde luego, no alguna inferioridad o superio­ridad en su dignidad, sino más bien, en su educación.

Una sociedad materialista, consumista y que pone al pla­cer y al bienestar material como criterio último de la felicidad, muchos padres de familia, en la educación de sus niños y jóvenes, les plantean un horizonte cerra­do en la consecución del bienes­tar material, haciendo realidad aquella frase: “comamos y beba­mos que mañana moriremos”, la felicidad del ser humano con­siste, según esta perspectiva, en llegar a poseer bienes materiales en abundancia, disfrutar de los placeres, comer y pasear, total “mundo ahí te quedas”, agregan­do una buena dosis de egoísmo y de individualismo que no le deja trabajar por el bien de los demás.

Esta manera de pensar y de vivir hace que un niño, un jo­ven, no desarrolle su capacidad de trascender, de ir más allá de las cosas y cuando las cosas se de­rrumban o fracasan, a veces por una enfermedad incurable, por la pandemia o por la muerte, viene la frustración del mismo ser de la persona, la angustia, la depre­sión y hasta el suicidio, porque el ser humano lo podemos compa­rar como una olla de presión, que si no tiene salida, explota.

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