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Educar en el sentido de Dios

La situación tan crítica a la que nos ha sometido esta pan­demia, al mismo tiempo que nos hace perder muchas co­sas, también nos brinda en­señanzas que tenemos que aprovechar para el camino de nuestras familias.

Uno de los aspectos tan importantes es el tema de la educación de los niños, el cues­tionamiento que los padres de familia se hacen acerca de si se logrará rescatar el año escolar o se perderá.

Pero, como todos sabemos, el sistema escolar no lo es todo en la educación, aun siendo tan ne­cesario y valioso para los conoci­mientos.

Entre todos los valores hu­manos en los que tiene que formarse al a un niño está la for­mación en el sentido de Dios, lo cual va unido íntimamente a la formación de su conciencia.

Sabemos que la conciencia moral en una persona viene a ser aquella ley o dirección inte­rior que le indica hacer el bien y evitar el mal, aprender a dis­tinguir los actos buenos de los malos.

La formación de una buena conciencia tiene como trasfondo el sentido de Dios que es mi crea­dor, que me ama, es mi Padre, me cuida y protege, pero que quiere que yo piense y haga siempre el bien a los demás y rechace com­pletamente el mal.

Un Dios y Padre de mi vida que al final de mi peregrinación por este mundo, quiere que yo vaya a vivir muy feliz con Él en su gran casa del cielo.

Es muy importante la la­bor educativa de los padres en su propia familia, especialmen­te ahora que tienen una intensa convivencia en el hogar.

Las acciones, las prácticas de fe y las palabras que se dicen en el hogar, contribuyen a que los ni­ños se vayan formando una ima­gen de Dios.

Por ejemplo si tú hablas de un Dios que es misericordioso, pero los niños ven que tú no per­donas, que no haces un favor, un servicio a los vecinos o dentro del hogar, entonces estás cayen­do en la incongruencia de vida y estás mal educando al niño, ya que eres, como persona más grande, un referente clave para los menores.

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