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Director Miguel Cantón Zetina

Dramas de la vida real: abuelo pone fin a sus males

Consternación en Villa Estación Chontalpa: Enfermo de Parkinson se cuelga en su humilde vivienda.

HUIMANGUILLO.- Aunque el sol untaba su mantecosa luz sobre los hilos de plata de la tela de araña, el anciano Burguete, que así era su extraño apellido en una comuni­dad de Villa Estación Chontalpa, donde lo que más abundan son los González, los López y los Pérez, ya no podía contemplar esa extraña escarcha flotante cerca del modes­to patio de su casa. La silla de ruedas donde se transportaba, poco des­pués que le diagnosticaron el fatal Parkinson, se herrumbraba patas arriba frente a la fachada sin repe­llar de su modesta vivienda.

Aunque una sonata de pájaros se meciera de un árbol de mango a otro sobre su techo de lámina, que en días calurosos recrudecía el ca­lor abrazante del verano, el dolor en el espinazo concentraba todos los pensamientos del anciano que rondaba los 80 años.

Por fortuna, su hijo había casado con una mujer buena, de nombre Toña, que no sólo le llevaba pozol sino que también lo estrujaba para aliviar su suplicio, como había vis­to a unos hueseros dar masaje, ella extendía sin miedo a don Burguete sobre el tambor de lo que tenía por cama, en unas viejas sábanas que hacían de colchón, y lo sobaba. En esos momentos el anciano hubiera podido oler los multiples aromas que despedían todos los árboles, ar­bustos, matas y flores que cercaban su vivienda, situada en la ranchería José María Morelos y Pavón, en el kilómetro 15, pero se sentía tan cansado que no alcanzaba a mante­ner una respiración prolongada. Ni siquiera le daban ganas de seguir la conversación que Toñita sostenía para animarlo.

Su cuerpo le parecía tan ab­surdo, como ese viejo ropero que en otro tiempo había servido para cuidar las ropas que se ponían la esposa y los hijos, pero que ahora permanecía tirado al frente de la casa, sin las puertas laterales y con el espejo mirando incomprensible­mente hacia el techo. Las sobadas de Toñita como que acomodaban todos sus huesos dispersos como un rompecabezas, y estrujado se dejaba descansar en el sueño.

Extrañaba ese tiempo en que su cuerpo reacio respondía a sus impulsos y deseos, cuando podía trabajar duramente durante sema­nas y meses tan sólo para recibir un jornal y llevar el pan y la sal a la casa, también cuando salía a diver­tirse con los amigos y una botella de cebada les hacía olvidar todas las penas del mundo. Ahora había días en que ni siquiera podía llevarse el solito el plato a la boca.

El 8 de agosto, don Burguete, con una barba blanquecina de va­rios días en la cara, tomó el pozol que su nuera le trajo y recibió la res­tregada por todo el cuerpo que ella le daba. Esta vez habló con Tonita para pedirle que cerrara la puerta antes de irse, pues quería descansar sin que nada lo importunara.

La buena mujer se fue a hacer lo que siempre hacía, los quehaceres del hogar, su casa quedaba contigua a la de su suegro. Más o menos a las cuatro de la tarde, le pidió al mudo Evaristo que fuera a ver al abuelo, si ya se había despertado para llevarle su caldito.Evaristo no pudo gritar cuando vio al anciano tirado en el piso, colgando parte de su cuerpo de una lía enegrecida. Era mudo, pero su rostro pálido era como si hubiera lanzado el grito más espan­toso de toda su vida. Fue corriendo a avisar a Toñita por señas lo que había visto. Antonia avisó a su es­poso, y el afligido hijo dio aviso a la delegada Miguelina González, que sin perder tiempo pidió auxilio a la base de policía, de la villa. Los agen­tes llamaron como se hace en estos casos al forense Carlos Humberto Broca, quien con el policía de inves­tigación Jesús Santana, y el médico legista Fernando Dávila, hicieron el peritaje y levantamiento del cuerpo ya sin vida. Don Bruguete puso fin a sus males.

 

(Con información de Carlos Coronel)

 

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