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Director Miguel Cantón Zetina
(Foto: Redacción)

Doble crimen frente a la iglesia en Macuspana

Acuchillan a joven pareja frente a la parroquia de San Carlos Borromeo, en villa Benito Juárez. No hay detenidos.

MACUSPANA, TABASCO.- Andrés y Estrella eran una incomodidad para la gente de la villa Benito Juárez, sus ropas pestilentes a alcohol alejaban no sólo a sus pa­rientes sino también a toda la co­munidad.

Se pasaban un día sí y otro también durmiendo a plena luz del día, sin espantarse las moscas, y sólo se levantaban para devorar algún mendrugo conseguido en la calle o seguir bebiendo de la mis­ma botella.

Para ello, Andrés hacía peque­ños trabajos como cargar cajas o costales para los comerciantes del lugar, o cuidaba los autos estacionados en la calle. Es­trella era su acompañante y quien lo fustigaba cuando ya el sol les pegaba en plena cara para que fuera a buscar comida.

Paradójicamente, estas almas desgarradas encontra­ban cobijo por la noche, cuan­do no había más trago que ra­jar, en el patio de la iglesia de san Carlos Borromeo, sí, el mis­mísimo santo que dedicó su vida a cuidar de las almas carcomidas por la peste.

Andrés y Estrella eran en cier­to modo también almas carcomi­das. Nadie sabía, ni siquiera sus parientes, cómo habían llegado a ese punto. Sólo formaban parte incómoda del paisaje diario mien­tras los carniceros levantaban sus cortinas de fierro y los tenderos colocaban unas sobre otras las ro­jas y verdosas manzanas.

 

FIELES… A LA BOTELLA

La pareja a lo único que era fiel era a la botella: Sin ella no podían vivir. Y precisamente, la madrugada del domingo 30 de agosto, por cul­pa de ese recipiente maldito, los dos encontraron su final.

Dos «colegas» suyos se presen­taron a compartir la botella que bebían; Andrés y Estrella no se hicieron del rogar, conocían a sus amigos de la calle porque otras ve­ces habían bebido con ellos hasta perder la conciencia.

Esta vez no llegaron a ese pun­to porque los otros teporochitos empezaron a discutir por nada. Uno reclamaba a otro que estaba empinando el codo más rápido que los demás. De las palabras pa­saron a los forcejeos. Andrés y Es­trella, que eran todo menos gente violenta, metieron sus cuerpos en medio para aplacar los ánimos.

No debieron haber hecho aquello. Los peleoneros sin hacer distinción sacaron una navaja oxi­dada, pero cuyo filo bastó para he­rir gravemente a la barrera huma­na que era aquella pareja. Al ver cómo ambos se desplomaban en el piso mugriento, los dos sujetos huyeron despavoridos.

Medio inconscientes, el hom­bre y la mujer se palpaban sus car­nes, tratando de taponar la sangre que brotaba de sus heridas. Así es­tuvieron un tiempo hasta que pri­mero la mano de ella se ablandó y quedó inerte, un rato después, siguió la de él, la cual dejó de blo­quear la cortada, quizá para res­pirar mejor puso los brazos arriba de su cabeza, levantados y así se quedó.

 

NADIE PUDO AUXILIARLOS

Nadie vio ni supo nada. Ni si­quiera los canes callejeros que a esa hora –aproximada­mente a las dos de la madru­gada– estaban con el hocico suelto. Ninguno pudo auxi­liarlos para que no se desan­graran.

Cuando la luz del día em­pieza a escurrir por el campa­nario de la parroquia de San Carlos Borromeo, un ánima se topa con los cuerpos inertes y da aviso a la policía. No tardan en llegar los agentes de la Fiscalía General del Estado, quienes se hacen cargo del levantamiento de los cuerpos, abren una carpeta de investigación para dar con los cul­pables e inician las pesquisas.

Andrés, de 26 años, y Estre­lla, de 25, vivieron juntos hasta la muerte. Sus almas ya descansan en paz, libres del venenoso trago.