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Dilemas del cristianismo

¿En qué momento la Iglesia perdió los preceptos de Jesucristo? l La santidad no tendría que ser un anhelo para sumisos

Jesús, como buen judío, celebró antes de morir, la pascua. Aquella festividad recordaba a los descendientes de Abraham, Jacob e Isaac, su condición anterior de esclavos, cuando estuvieron bajo yugo del rey de Egipto.

Terminada la cena de pascua, Jesucristo instituyó el sacerdocio, pero antes de este nuevo pacto con sus apóstoles, les da una gran lección de humildad: lava sus pies. Aquellos eran pescadores cuyo calzado no hubiera sido mejor que los huaraches de nuestros indígenas.

Cristo no enjuagó los pies aseados de seminaristas como se acostumbra ahora. En aquella época había pocos caminos empedrados en Jerusalén. El sudor y el polvo hacían una pasta entre los dedos semicubiertos. No se conocían los jabones bactericidas, el talco ni el spray desodorante.

Cuando vieron a Aquel a quien llamaban Maestro hincado frente a ellos pretendiendo lavarles los pies, se desconcertaron, lanzaron exclamaciones de incredulidad, y Pedro, de plano, se rebeló.

Jesús lleva a cabo esta increíble muestra de humildad, y luego pregunta:

«¿Entendieron ustedes lo que acabo de hacer? Pues si yo, a quien ustedes llaman Señor y Maestro (y lo soy, en efecto), les he lavado los pies…»

¿Cómo comenzó la iglesia a extraviar el camino de la humildad y la pobreza? ¿Cómo es que ahora la persona más humilde, si quiere ser escuchada por un dignatario eclesiástico, primero debe dirigirse a éste como «monseñor» (mi señor)?

«Miren a los que llevan ropas lujosas, en los regios palacios están», decía Jesús en su prédica. ¿De dónde surgen las «basílicas», cuyo significado etimológico es un «palacio regio»?

En el siglo XII, San Bernardo al reprender severísimamente a un discípulo, le decía: «el pueblo muere de hambre y los prelados aparecen en suntuosos corceles».

Ya en el siglo XX, Juan XXIII, ante su propia decisión de convocar al Concilio Vaticano II, expresó: «es necesario sacudir el polvo imperial que se ha acumulado sobre la silla de San Pedro».

¿En qué momento histórico el alto clero cambió los preceptos del mismísimo Jesucristo? Mientras él daba claras instrucciones a los 12 sobre cómo debían comportarse ante las tareas del apostolado, les advirtió: «no se procuren oro ni plata, ni morralla en sus fajas, ni morral para el camino, ni dos túnicas, ni zapatos, ni bastón…»

¿De dónde salieron entonces esas magníficas capas rojas de los cardenales —los «príncipes», les llaman oficialmente— , la caya de soberbia longitud que hubo de ser acortada por una disposición surgida precisamente del Concilio Vaticano II?

«Nunca hay que pactar con el error, aun cuando aparezca sostenido por textos sagrados» GANDHI

«No amontonen tesoros sobre la tierra, porque donde está tu tesoro ahí también estará su corazón […] Nadie puede ser esclavo de dos señores […] No pueden ustedes servir a Dios y al dinero […] El Hijo del Hombre no vino a ser servido sino a servir», decía Jesús durante su predicación, y así quedó consignado en los evangelios, para siempre.

¿Qué terrible desastre espiritual tuvo que ocurrir para que, al paso del tiempo, el compromiso esencial con la pobreza se cancelara y surgieran las «excelencias reverendísimas» y «excelentísimos» y «eminentísimos» señores del alto clero?

¿Por qué se abrió ese abismo entre el Cristo de Jueves Santo, humillado a los pies de sus discípulos, y los dignatarios eclesiásticos que exigen ser reverenciados en grado superlativo —exacto significado de la palabra «Reverendísimo»— por aquellos a quienes deberían servir?

La historia sitúa ese extravío en el año 313, cuando el emperador Constantino toma bajo su protección a la Iglesia y pronto la acopla a los moldes del imperio romano: organización, estilo, edificios, ropajes y hasta títulos nobiliarios. El apetito de riquezas y de poder se instala en el alto clero.

Y así arrastra a la iglesia católica a siglos de contradicciones: predicar la palabra de Jesucristo que vino para servir a los desprotegidos con humildad, pero con una institución que atesora riqueza y poder y cuyos líderes viven como príncipes.

Fue hasta la celebración del Concilio Vaticano II, convocado por el Papa Juan XXIII, que la iglesia intenta retornar al cristianismo prístino; lamentablemente la reforma no logra resultados notables, pero a partir de ahí nacen órdenes religiosas que buscan adecuar sus reglas a la única y verdadera pobreza: no sólo espiritual, sino real.

Aún hoy el alto clero lucha entre quienes se niegan a abandonar la iglesia «constantiniana» y la santa pobreza que humildes órdenes católicas intentan extender con un nuevo espíritu cristiano más cercano a la palabra de Jesús.

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En nuestros días no llevar oro ni plata o desplegar  humildad puede considerarse una conducta fuera de razón, cercana a la locura. No existe un auténtico aprecio o valor a la sencillez, pues triunfa el Yo, el materialismo que se cultiva en el ego.

Aspirar a la santidad que propone Jesús es una locura, pero podría ser la única locura que nos puede salvar. El mensaje de Jesús fue desde un principio tan impopular que sus enemigos lo consideraron fuera de razón, como si hubiera perdido el juicio.

Sin embargo la fe que mueve a la santidad (el individuo bondadoso que no tiene culpa alguna). No es fruto del miedo a la muerte, sino del anhelo de inmortalidad. El miedo a morir resulta menor ante el temor de la perdición total de cada alma.

Fernando Savater en «La vida eterna» reflexiona que la fe consiste en creer lo que no vemos y más ansiamos, un vacío al que le otorgamos existencia ante ese deseo de salvación.

¿Salvación de qué? La vida postmoderna enseña que un mal resultado de un examen de riñón o una tomografía con una protuberancia en el cuerpo pueden ser hoy ese infierno, y que todo resultado de salud negativo equivaldría al cielo.

Vivir como mujeres u hombres mortales que disfrutan de eso que llamamos la vida buena, que es la de cualquier pecador estándar, nos impide comprar la salvación, la cual solo es canjeable a expensas de abandonar nuestra perdición. En cambio, escoger una vida buena, esforzada y bondadosa puede llevarnos, después de morir, frente aquella vida eterna.

Y sin embargo cada mañana que abrimos los ojos salimos de nuestro sepulcro y aplicamos, sin reflexionar, aquello de, levántate y anda.

El asunto es descubrir que la inmortalidad se encuentra en la esencia de aquellos pequeños placeres que nos da la vida: vibrar al oír «La flauta mágica» de Mozart o repasar «Espero curarme de ti» de Jaime Sabines, o más simple aún: alcanzarnos y rascar la espalda en aquella pequeña comezón o disfrutar una tarde de café bajo una deliciosa charla.

La bondad, la humildad, la honradez, la austeridad, la sinceridad, el respeto, son signos de santidad, pero buscar esa santidad por la eternidad no tendría por qué ser un sacrificio, más bien es un asunto de humanidad, de buen cristiano.

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Como quiera, este domingo la resurrección llega en una jeringa luego de un largo viacrucis contra ese demonio de virus que busca matarnos.

Ateos, cristianos, puros o pecadores han sufrido este largo trayecto donde la cruz a cuestas es el contagio o en el mejor de los casos el confinamiento forzado del que no muchos saldrán totalmente sanos.

Toda la naturaleza festeja el milagro de la vida en la primavera, hasta los sapos croan en los pantanos.

Quien abre los ojos por la mañana y no se asombra con el sol entrando por su ventana, quien escucha al Bienteveo mientras revolotea en las ramas y no descubre que asiste al milagro de la resurrección, muy seguramente está muerto y no se ha dado cuenta.

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