web analytics
Grupo Canton
Al momento
Director Miguel Cantón Zetina
Entre 40 y 50 años podría pasar en la cárcel

Degüella a su pareja en Nacajuca

Los amigos de ellos sabían que la relación iba a terminar, pero no sospechaban de qué terrible manera. El desalmado cuchillero no recuerda nada.

NACAJUCA, TABASCO.— Los amigos de Candelaria y Chucho no entienden cómo es que si­guen viviendo juntos. Cada que los encuentran en alguna fiesta o en cualquier calle, están pe­leando por nada. Parecen perros y gatos.

Algunos piensan que el pro­blema es la edad: Chucho ape­nas tiene 22 años y Candelaria anda por los 18. Ella debería es­tar terminando el bachillerato, él una carrera, pero en vez de eso viven en un hogar donde no reina la paz.

Los dos son originarios de Chiapas, y es ese el otro motivo por el que no se separan: Tienen en común un pasado, las mismas costumbres y su lengua.

Hasta en el fraccionamien­to Benito Juárez, en el lado de Nacajuca, donde viven, han re­forzado su raíz, frecuentando a otros paisanos que, como ellos, dejaron su tierra para encontrar un trabajo y tener qué comer y enviar a sus familiares.

Desde hace tiempo, Candela­ria no es feliz con esta situación. Chucho rebasó los límites: la agrede por cualquier excusa, y ahora no sólo verbal sino física­mente.

Los amigos de ambos lo no­tan en las fiestas. Desaprueban el comportamiento irracional del muchacho. Pero con la músi­ca a todo volumen o las pláticas que evocan el patio lejano de la infancia, nadie dice ni hace nada por reprenderlo.

Es peor para Candelaria cuando Chucho bebe. No sabe tomar, con unas cuantas cer­vezas se transforma, se vuelve agresivo. Ve moros con tranche­tes.

 

UNA FIESTA CON FINAL MACABRO

Es lo que sucede el 30 de agos­to. Hay fiesta con los paisanos, la música no deja escuchar lo que se habla. Pero todos callan cuando Chucho empieza a insultar a voz en cuello a Candelaria. Ella, apenada, se refugia en la cocina. Chucho se levanta y la sigue. Nadie va detrás de él. Solo se escuchan golpes sordos, secos y un llanto quedo.

Cuando la fiesta acaba, los in­vitados se marchan a sus viven­das, pero Candelaria y Chucho continúan discutiendo él lanza insultos sin la mayor pena. Can­delaria sigue llorando. Dice estar cansada.

Lo único que trae entre ceja y ceja es un odio irracional contra su pareja. Ella se da cuenta que su vida corre peligro, sube a la azotea para aplacar los ánimos. Allá la sigue el energúmeno, lleva escondido en la pretina un cuchi­llo, el mismo con el que Candela­ria corta las cebollas y las papas para hacerle el desayuno.

Una hoja de cuchillo rasga la oscuridad y corta el cuello de la muchacha unos diez centíme­tros, letales en esa área. Candela­ria queda cae al suelo y se desan­gra rápidamente.

A la mañana siguiente, Chu­cho da parte a la policía. Encon­tró a su esposa desangrada en la azotea, el cuerpo de ella es lleva­do al Servicio Médico Forense para la rigurosa necropsia de ley declara y se marcha de la ciudad.

Chucho es buscado por la po­licía nuevamente no está en su domicilio, puso pies en la colonia Pueblo Nuevo, de Cárdenas. Los conocidos de la pareja, indigna­dos, informan a los agentes dón­de se esconde.

Cuando lo detienen lejos de la escena del crimen, el cuchillero dice no saber nada. Sólo recuerda que hubo una fiesta en su depar­tamento y que tuvo una discu­sión con su compañera, pero que estaba muy cansado que se retiró a dormir. Fue hasta la mañana si­guiente que se dio cuenta que su esposa no estaba a su lado.

Cuando le pregun­taron por qué huyó en vez de dar aviso a la policía, se quedó mudo, no quiso con­fesar su delito.

El nuevo hogar de Chucho es el Centro de Reinserción Social de Comalcalco, donde nunca lo abandonará el fantasma de quien fue su compañera.

La Fiscalía General del Estado abrió la carpeta de investigación 230/2020.