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(Foto: Ramiro López)

Seguridad

Dan posada al asesino de su hijo

Oliveiro «N», alias My Friend, no sabía que el hombre que acuchilló era el vástago de una pareja de ancianos que le tendió la mano.

REFORMA, CHIAPAS.- Como to­dos los domingos, los habitantes de la irregular colonia 21 de Fe­brero discutían a todo pulmón so­bre los problemas que había que atender en el barrio. El My Friend se arrimó a la reunión porque ya había gastado todos sus pesos en beber y no le quedaba otra cosa que hacer.

Oliveiro, que ese era el ver­dadero nombre del My Friend, aunque nadie lo llamaba así, había regresado de Cancún hacía ya mu­cho tiempo. En aquel puerto ha­bía purgado una condena de mu­chos años por matar a su yerno, de manera que al salir de la cárcel, los de su propia sangre no quisieron tener nada que ver con él.

Desterrado del caribe, regresó a Reforma para encontrar, en estas brechas accidentadas y polvosas que se tenían por calles, unas almas generosas que le echaron la mano sin vacilar. Porque eso es lo que un par de ancianos hicieron por el My Friend, sin preguntarle mucho so­bre su pasado, de dónde venía, qué hacía, más que cuál era su gracia, le abrieron las puertas de su humilde hogar. Además, lo llevaban consigo a la iglesia para que el forastero se encontrara con Dios.

 

OCUPÓ EL CUARTO DE LA VÍCTIMA

El My Friend ocupó el cuarto que había sido el del hijo de la pareja de viejitos, un tal Carlos. Nin­guno de los dos se había visto ni topado frente a frente, pues al parecer el retoño vivía en la le­janísima ranchería San José El Limoncito, y además no tenía la buena costumbre de visitar a sus piadosos padres.

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Así que cuando en aquella jun­ta de colonos, el My Friend encaró a un hombre de unos 33 años de edad, que nunca había visto, para reclamarle por qué se le quedaba mirando, el ex presidiario no supo que aquel supuesto mirón eran nada más y nada menos que el hijo de los ancianos que le daban hospedaje.

Lo que vino después fue una tragedia absurda. El My Friend le gritoneó a aquel hombre sentado en una silla que se retirara del lu­gar. Carlos no se arrendró:

– Yo no tengo por qué retirar­me. ¿Nada más porque lo dices tú?

 

HOMBRE DE POCAS PALABRAS

El My Friend era hombre de po­cas palabras, prefería mejor usar sus duros puños y le lanzó varios al que estaba sentado. Por su ebriedad, ninguno de los golpes dio en la cara del otro.

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Ya nadie prestaba atención a los acuerdos que adelante se esta­ban tomando. Las miradas de to­dos voltearon atrás, hacia el fon­do, donde el My Friend y Carlos se estaban liando a puñetazos.

Obvio, el My Friend llevaba las de perder. No atinaba a golpear a su contrincante, ni a esquivar los guamazos que el otro le ponía. El trago lo había puesto lento.

Como había aprendido en la pe­nitenciaría, si caes que sea a lo más profundo, sin dudarlo sacó entre su camisa de manga larga, un filoso cuchillo. Los mirones que estaban cerca se echaron para atrás.

Entonces Carlos sintió un do­lor agudo, como un fuego ardiente cerca de su pecho. El My Friend sacó el puñal ensangrentado de la tetilla izquierda de su rival, que cayó de golpe al suelo. Quiso es­capar, pero los colonos presentes en la reunión lo agarraron, desar­maron y ataron como iguana en mercado.

Unas buenas almas levanta­ron al herido aún con vida y lo llevaron en un auto particular al hospital general de la ciudad, pero falleció antes de recibir los primeros auxilios. Fue hasta el día siguiente, ya sin los efectos del alcohol, que el My Friend supo su situación juríridca.

No lo podía creer. Alegaba que «sólo le había dado un piquetito». Al escuchar que a quien había ma­tado era el hijo de la pareja que le daba posada, su cuerpo sufrió una trombosis. Su recuperación completa será en su nuevo hogar, el reclusorio número 11, de Pichu­calco, donde será juzgado por el delito que la ley contempla como homicidio calificado.

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