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Cumple su fin abuelo, se suicida con una lía

Jubilado de Pemex se quita la vida en Reforma, Chiapas, tras varios intentos de fracaso. El anciano tenía 89 años, estaba enfermo, había visto morir poco a poco a sus compañeros de trabajo.

REFORMA, CHIAPAS.– Como había procurado quitarse la vida varias veces sin conse­guirlo, los familiares de don Nacho se mantenían siempre cerca, aunque habían descar­tado que el anciano lo volviera a intentar.

Aquel sábado en la maña­na, por casualidad, lo dejaron solo, después de desayunar todos juntos alrededor de la mesa. El jubilado de Pemex tomaba terapia una o dos ve­ces por mes en la clínica del centro.

A sus 89 años de edad, el ex petrolero había visto morir poco a poco a sus compañeros de trabajo, algunos por enfer­medades crónicas y otros por accidentes.

Nunca pensó que él fuera a quedarse solo. Los prime­ros en irse fueron los abuelos, luego le siguieron sus padres. La muerte era como un reloj puntual que no podía saltarse la hora.

Había conocido las alegrías y delicias de la vida: su matri­monio, el nacimiento de los hijos, la llegada de los nietos que ensancha cualquier hogar. Sí, su vida había sido satisfac­toria, no podía quejarse: había conseguido más de lo que hubiera anhelado. Tenía una casa con patio y una camionetita, en la colo­nia 21 de Febrero.

Pero a esta edad ya no encontraba con­suelo. Los alimentos le sabían amargos, y a cada rato sentía un nudo en la gar­ganta que le apachu­rraba el pecho. Su ritmo cardíaco, para acabarla de amolar, mostraba signos de agotamiento, unas veces apenas si latía y otras parecía un caballo desbocado.

 

SACÓ LA LÍA QUE HABÍA ESCONDIDO DEBAJO DEL COLCHÓN

Sin pensarlo dos veces, Don Nacho se levantó de la mesa y se metió a su cuarto. Deba­jo del colchón sacó la lía que había escondido sin que los demás lo notaran.

Era el método que debió intentar desde el prin­cipio, pero optó por otros que resultaron un fracaso. El peor fue meter la cabeza en unos tambos llenos de agua para inmolarse dando a entender que se había ahogado.

Con su cuerpo frágil se su­bió a una silla para lanzar la cuerda hacia la viga del techo. Las primeras veces falló por­que su vista estaba empaña­da, ya sea porque empezaba a subir el calor o por la tensión que estaba viviendo.

Por fin, después de inten­tarlo varias veces, la cuerda pasó del otro lado de la made­ra. Don Ignacio hizo el nudo y se lo ajustó al cuello, como si fuera una corbata.

Su esposa, a unos metros de la recámara, estaba en ese mo­mento colgando las sábanas blancas al sol, cuando de repen­te tuvo un presentimiento.

Dejó la cubeta con ropa en el patio y entró corriendo a la casa. «¡Nacho, Nacho! –gritó–. ¿Estás bien?».

Sus manos se apretaron lle­nas de angustia al ver a su fiel compañero suspendido de la cuerda, oscilando ligeramen­te. Llamó con todas sus fuer­zas a sus hijos, quien dejaron de hacer lo que estaban ha­ciendo para ver qué pasaba. El perro atado frente a la casa no paraba de ladrar.

Dos de sus hijos mayores bajaron con mucho cuidado el cuerpo todavía tibio de su padre –parecían los apósto­les bajando con devoción al Maestro de la cruz. Trataron de revivirlo, dándole respira­ción de boca a boca y sobándo­lo en el pecho, pero don Nacho ya no volvió en sí.