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Cuidemos a los niños

El jueves recordamos a los ni­ños y también nos acordamos que todos nosotros un día dis­frutamos de esta hermosa eta­pa. En ellos se refleja el rostro de Dios y podemos admirar su grandeza al crear a los seres humanos. Por eso cuando un niño nace, la familia se llena de gozo al contemplar la pre­sencia de una vida nueva. Co­mo sabemos, cada niño o niña encierra en sí un proyecto, un tesoro de gran riqueza que pa­pá y mamá tendrán que cui­dar y desarrollar por un buen proceso de educación.

Pero es importante te­ner en cuenta que la niñez es la etapa en la que se pue­den gestar heridas emociona­les o experiencias dolorosas que dejan huellas y determi­nan el modo de ser y de en­frentar la vida. A partir de esto, podemos encontrar per­sonas jóvenes o adultos mie­dosos, inseguros, faltos de amor, controladores, etc. Lo bueno es que existe la posibi­lidad de la sanación de las he­ridas, se necesita reconocerlas lo antes posible y hacer un tra­bajo personal profundo para enfrentar de forma valiente to­das las consecuencias que es­tas heridas nos hayan dejado. Desde luego que ayuda mucho el trabajo de la Psicología, pe­ro siempre con espiritualidad y oración, ya que Dios es el úni­co que puede tocar el alma hu­mana. Me permito mencionar algunas:

LA HUMILLACIÓN, se realiza cuando al niño se le di­cen expresiones como: “eres un tonto”, “no sirves para na­da”, estas palabras impactan la autoestima del niño y la las­timan. Ya de grandes, la per­sona siente que los demás no la aceptan o experimenta una sensación de desaprobación y de crítica de los demás.

EL MIEDO AL ABANDO­NO. La sensación tan terrible que experimenta un niño al sentirse solo contra el mundo y desprotegido por las personas que se supone le deben cuidar y amar de manera incondicio­nal. En la edad adulta son per­sonas que difícilmente tienen relaciones interpersonales es­tables y permanentes porque viven con miedo y desconfian­za a revivir aquel dolor y volver a ser abandonados.

LA TRAICIÓN O MIEDO A CONFIAR. Cuando niños, si nuestros padres o perso­nas cercanas no cumplieron las promesas que nos hicieron se nos abrió una herida por­que nos sentimos engañados, traicionados, perdimos la con­fianza. Esta herida nos puede transformar en personas con celos, envidia u otros senti­mientos negativos y volvernos perfeccionistas, controlado­res y gente que no sabe delegar pues de todos desconfía.

LA INJUSTICIA. Esta he­rida se gesta cuando en el ho­gar se tiene un ambiente de castigo, autoritario y nada cariñoso, lo cual nos genera sentimientos de inutilidad e incapacidad hasta convertir­nos en adultos rígidos y perfec­cionistas.

EL MIEDO AL RECHA­ZO. Si el niño o la niña sienten rechazo, ya sea de los padres, de la familia o no se siente aceptado como es. Esto hace que no tengamos un sano de­sarrollo del amor propio y de la autoestima lo que nos llevará a aislarnos de los demás.

Aun cuando todos tenemos la posibilidad de sanar las heri­das que se generaron en nues­tra infancia para llegar a ser personas libres y con una sana autonomía en la vida, es funda­mental en nuestra familia cui­dar a los niños y hacer todo lo posible para que tengan una vi­da saludable.

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