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Director Miguel Cantón Zetina
Al primero que le prendieron fuego fue al hombre mayor, que parecía ser el cabecilla de la banda y estaba aún desvanecido

Crónica: queman a extorsionadores

Ejidatarios de La Sabana, en Villa Vicente Guerrero defienden a una familia contra delincuentes. Les prenden fuego.

CENTLA, TABASCO.- La mujer de Zapata estaba dando de comer a las gallinas en el tras­patio cuando oyó la escandalera. De inmediato entró a su casa a ver qué era todo aquel alboroto y sorpresa que se llevó al ver a unos hombres jalonando a su esposo.

La valiente mujer no lo pensó dos veces y se interpuso entre el viejo Zapata y los cinco descono­cidos: un hombre de la edad de su esposo, que era el cabecilla, una mujer gorda de pelo entintado de castaño, un joven con una camisa estampada de calacas, y dos hom­bres más que no reconoció.

La pandilla exigía al viejo Za­pata el pago por una supuesta venta de huachicol en el ejido La Sabana, perteneciente a la Villa Vicente Guerrero. Como don Zapata se negó a pagar y su mujer se interpuso como barre­ra, los maleantes no se tocaron el corazón y arremetieron a gol­pes contra la mujer.

Ésta comprendió que el único modo de sacar a esas alimañas de su casa era gritar por ayuda a los vecinos con todo lo que pudieran sus pulmones. Amedrentamos por los gritos de la señora, los ma­lévolos salieron a la calle y abor­daron la camioneta blanca en la que habían venido.

 

TODOS PARA UNO

Como era sábado (5 de septiem­bre) por la tarde, los ejidatarios de La Sabana estaban en sus ca­sas, así que al oír aquellos gritos conocidos salieron todos como si hubieran convocado a misa de gallo, solo que en sus manos lle­vaban piedras, palos y bates para defender a los suyos.

La camioneta blanca comenzó a recibir una lluvia de proyectiles que pronto abollaron la lámina y fragmentaron el medallón, las ventanas y el parabrisas.

Cuando los extorsionadores dejaron unos metros atrás a los enardecidos pobladores, cre­yeron que ya la habían librado, pero más adelante un grupo de vecinos habían cerrado el puente que sirve de entrada y salida a la comunidad.

Las piedras y ladrillos arroja­dos provocaron que el conductor de la unidad en fuga perdiera el control y se saliera del camino hacia un montazal. Dos malean­tes lograron escapar con sus pro­pios pies mientras el cabecilla de la banda, la señora del pelo caoba y el muchacho de la camisa es­tampada con calaveras, se que­daron atolondrados en el interior de la troca impactada.

Uno de los nativos roció la unidad con gasolina y otro le prendió fuego. El intenso calor de las llamas hizo reaccionar a los pandilleros que salieron de la unidad envuelta en humo. No se sabe de dónde pero alguien sacó una reata y otros se encargaron de maniatar a los intrusos, que estaban todos magullados.

 

UNO CONTRA TODOS

«¿No qué muy valientes golpean­do a una mujer entre varios? Ahora sí se los va cargar la ch…», increpaban hombres, mujeres y jóvenes contra los desconcerta­dos maleantes.

Al primero que le prendieron fuego fue al hombre mayor, que parecía ser el cabecilla de la banda y estaba aún desvanecido. La piel comenzó a levantársele, producto del fuego. Los pobladores dejaron que las llamas lo cubrieran duran­te un tiempo que pareció eterno hasta que alguien arrojó agua y so­focó el fuego.

No tardaron en llegar al puente policías municipales del puerto, reforzados con marinos de la Ar­mada, pero no pudieron entrar a la comunidad porque los nativos, que eran muchos, se los impidieron.

Cuando le tocaba el turno de las llamas al muchacho de camisa con calaveras y la señora del pelo coco­yo, arribaron por el aire para resca­tarlos más elementos de la marina. La población despejó el área para que la nave aterrizara.

Un grupo de marinos armados desplegó un cerco alrededor del aparato y otro grupito menor le­vantó al chamuscado y los malean­tes heridos. El helicóptero volvió a elevarse dejando una polvareda.

Por la gravedad de las heridas, los tripulantes de la nave aterriza­ron en el centro de salud de la villa Vicente Guerrero, donde se habían reforzado las medidas de seguri­dad con miembros de la guardia nacional.

A los pocos minutos falleció el jefe de la banda, por la gravedad de sus quemaduras. Los otros dos maleantes fueron trasladados al hospital comunitario Ulises Gar­cía, del puerto de Frontera.