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¿Conversaciones privadas?

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HOY NOS HEMOS ACOSTUMBRADO A ESTAR TODO EL TIEMPO BAJO EL ESCUDRIÑAMIENTO DE UNA VIGILANCIA CONSTANTE, COMO SI FUÉRAMOS UNOS CONEJOS DE LABORATORIO.

De acuerdo con reportes de la policía, encargada de investigar el lamentable masacre en la escuela de Texas, el tirador habría estado en contacto a través de WhatsApp con una amiga a quien le compartió sus planes antes de realizarlos, y con la que tuvo comunicación hasta la culminación del ataque.

Cabe resaltar que no ha quedado claro cómo es que la policía obtuvo los mensajes de la aplicación.

Queremos suponer que, como parte del debido proceso, habría obtenido una orden de un juez para realizar el escrutinio forense del celular.

Por otra parte, cuando usamos la aplicación de WhatsApp se despliega en la pantalla que cada una de sus conversaciones está cifrada de extremo a extremo y que ni la misma compañía tiene acceso remotamente al contenido compartido entre los usuarios de la aplicación.

Lo que llama la atención que en días recientes y en vísperas de una contienda electoral, se den a conocer las conversaciones de Alejandro Moreno, que ponen en dudas su rectitud, por decirlo de forma afable.

Sin entrar en detalles sobre estas conversaciones en defender o condenar lo que es ya de todos conocido, lo que de manera personal, llama la atención es: ¿cómo se obtienen dichos audios?

Se supone que las comunicaciones digitales se encuentran a buen resguardo y que la secrecía está garantizada: se supone que con estos equipos, intervenir una comunicación no es tan sencillo como antes, cuando alguien levantaba el auricular desde otra habitación o cuando pinchaban la línea desde fuera de la casa para realizar escuchas clandestinas.

Hoy, nos hemos acostumbrado a estar todo el tiempo bajo el escudriñamiento de una vigilancia constante ejercida sobre nosotros como si fuéramos unos conejos de laboratorio.

En las calles las cámaras registran nuestros trayectos, en los aeropuertos realizan el reconocimiento facial para identificarnos, en los centros de trabajo ingresamos con lectores biométricos, sean huellas dactilares o cámaras que registran nuestro rostro.

No sabemos quien tiene nuestros datos personales, la privacidad es la primera libertad que parece ceder terreno ante la sociedad tecnológica de este siglo, de ahí la importancia de redoblar los esfuerzos en su regulación y salvaguardar la privacidad de los individuos.

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