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Opinión

¿Cómo terminará la pandemia del COVID-19?

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Todos deseamos que la pandemia del COVID-19 termine. El punto es que las epidemias no tienen condiciones ni fechas claras de conclusión. Un final inmediato y contundente, con una rápida aplicación global de alguna innovación científica basada en un fármaco, tratamiento o vacuna altamente efectiva al 99.99% de confiabilidad, sería ilusorio. El final de una pandemia no solo depende de la ciencia, sino también de los cambios políticos, sociales y económicos. Las naciones deben afrontar no solo las realidades médicas de la enfermedad, sus secuelas y tratamientos, sino también las consecuencias sociales, políticas y económicas de las medidas de emergencia aplicadas a lo largo de más de dos años, así como los debates para lograr un acuerdo mundial que declare el final, definiendo los aspectos a evaluar para este proceso. Por ello existe tanta incertidumbre sobre el estado actual del COVID-19, ya que aún se derivan experiencias distintas en cuanto a los aspectos científicos y socioeconómicos; así como diferentes opiniones respecto a cómo terminaría esta pandemia. El análisis de epidemias pasadas nos muestra que los finales pandémicos pueden ser largos y controvertidos.

Por ejemplo, la gripe española de 1918 producida por un influenzavirus A, la epidemia más letal del siglo XX. Infectó a unos 500 millones de personas y mató cerca de 100 millones. Para muchos investigadores esta misma enfermedad siguió cobrando vidas con subsecuentes y letales epidemias en el mismo siglo pasado: 1930-50 epidemias ligeras de gripe en Europa, 1950-70 gripes asiáticas de China y Hong Kong, 1970- 80 gripe rusa, y las gripes porcina y aviar entre 1980 y 2010; con acumulados de decenas de miles hasta millones de muertes. Todas ellas causadas por variantes, subtipos y cepas de estos mismos influenzavirus A. Para que una pandemia termine, su virus o bacteria causante no debe hallar suficientes huéspedes para infectar y propagarse masivamente. Con la gripe española, se creyó terminada en 1919 pero volvió más violenta en 1920. Aunque el conocimiento de virus y bacterias, el desarrollo de vacunas y los tratamientos médicos han avanzado mucho, la incertidumbre de hoy habría sido parecida a la de hace un siglo. Incluso después de que el coronavirus se extinguiera, pasarían años antes de que los científicos entendieran mejor lo sucedido.

Las pandemias no son solo eventos biológicos aislados que pasan a la historia con la desaparición del agente infeccioso o de la enfermedad; también son crisis que ponen a prueba la cohesión social y familiar. En las últimas semanas se ha registrado una caída rápida en el número de nuevos casos por COVID-19, pocos hospitalizados y números reducidos de decesos por semana. El gran número de inmunizados, por recuperación y vacunación, nos ofrece condiciones mínimas suficientes para advertir un posible final. El inicio de un período de reflexión y discusión sobre experiencias y lecciones aprendidas, una oportunidad para debatir en familia, con amigos y colegas, la mejor manera de vivir una nueva normalidad con la necesaria y permanente prevención. Lo peor ya pasó, pero no se ha terminado.

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