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Con Peña Nieto, otros tiempos.

México

Cienfuegos no es el ¡Ejército Mexicano!

El expresidente debe estar preocupado por las investigaciones de la DEA…

CIUDAD DE MÉXICO.- Horas después de haberse ente­rado de la detención del general Salvador Cienfuegos, secreta­rio de Defensa de Peña Nieto, el presidente López Obrador y uno de sus hombres más cerca­nos hablaban de asuntos graves.

–Hablado de asuntos delica­dos, quería preguntarle a usted señor Presidente, si me lo per­mite, desde luego –dijo el hom­bre cercano a sus confianzas–, ahora que el general Cienfuegos duerme en una cárcel estadou­nidense, ¿qué sigue para la Se­dena?… Veo que usted está muy tranquilo.

–¡Y por qué no habría de estarlo… Cienfuegos no es el Ejército! –respondió al instan­te el Presidente–, y me alegra que tú hayas sonsacado la con­versación.

El Mandatario enmudeció por un momento para darle mayor énfasis a sus palabras si­guientes:

–La Sedena no es un Estado dentro del Estado mexicano, ni mucho menos intocable. No debe estar exenta de una limpia. También hay corrupción. El Go­bierno federal debe barrer pa­rejo. Si lo hacemos, la 4T habrá dado un gran paso en limpiar la casa desde adentro, y de arriba hacia abajo.

 

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PEÑA NIETO, PREOCUPADO

Como es del dominio público el general Salvador Cienfuegos fue detenido el jueves 15 en Los Án­geles, California. Su Aprehen­sión, además de sorprender a todo México, propició una serie de interrogantes y de suposiciones basadas en el hecho de que aparentemente operó con toda una red de complicidades del más alto nivel gubernamental.

Red que sin duda está vivita y coleando. Y, en el supuesto de que sean reales los seña­lamientos de las autoridades estadounidenses, desde el más modesto ciudadano mexicano hasta el más encumbrado hay la convicción de que el expresi­dente Peña Nieto, debe ser uno de los principales preocupados por la aprehensión de su secre­tario de la Defensa Nacional. ¿Por qué?, porque las acusa­ciones de la DEA, seguramen­te, llegarán hasta él, como en México ya se hace, al menos en forma mediática.

Peña Nieto, por ahora, de­berá olvidar siquiera pensar en pisar el territorio de las barras y las estrellas, ante la posible implicación penal en la que se podría ver envuelto más pronto de lo que cree. Y quizá hasta ser arrestado allá, en tierras esta­dounidenses.

–Has de saber que, sin em­bargo –agregó el Presidente–, hay algo que me preocupa.

–No, no es posible.

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–Como te lo digo. Esto me tiene con cuidado. Mira, licen­ciado, si bien es cierto que el ge­neral Sandoval no pertenecía al círculo cercano de Cienfuegos, en las Fuerzas Armadas mexi­canas nadie avanza si no es por decisión del superior. ¿Me en­tiendes?

–No del todo, señor –confesó el hombre cercano al Presidente.

–Te lo digo de esta manera: ninguno de los altos mandos militares, ni siquiera el gene­ral Sandoval, pueden negar

alguna vinculación con quien fue su jefe.

–¿Y entonces?

–Aunque no podemos igno­rar esta realidad, tengo plena confianza en el general Cresen­cio Sandoval. Insisto, y él me lo ha demostrado con sus accio­nes: es un hombre cabal, honra­do y, sobre todo, siente verdade­ro amor por México.

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–Entonces, ¿cuál es su preo­cupación, Presidente?

–Si durante la etapa neo­liberal la corrupción penetró hondamente a los altos man­dos de las Fuerzas Armadas, no debemos dudar que allí sigue… y avanza, tan sigilosamente que quizá no alcanzamos a ver­la. Eso es lo que me preocupa, licenciado.

 

TODOS BAJO SOSPECHA

Al hombre cercano a las confian­zas del Presidente no le cupo la menor duda de que todos los al­tos mandos de la Sedena, están bajo sospecha. Y se preguntó, si a partir de la detención del gene­ral Cienfuegos la población civil, le seguirá guardando el respeto, bien ganado, que le ha profesa­do al Ejército, en particular por el apoyo que le brinda mediante la aplicación del Plan DN-III-E, durante los desastres naturales.

–Con la pérdida del prestigio que ahora sufre, de poco podrá servirle el Ejército si llegara a necesitarlo, señor Presidente.

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–Entiende, licenciado, Cien­fuegos no es el Ejército –repitió el Presidente y le tendió la dies­tra a manera de despedida, con la misma calma con que trataba de hacer espacio sobre el escrito­rio repleto de papeles diversos.

(Continuará)

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