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Cárteles electorales

  • Al robarse una elección hurtan el futuro
  • Campañas políticas cumplen una función simbólica

 

Se presentan como «estrategas» u «operadores políticos», ma­yormente se manejan bajo las sombras o tras bambalinas, son «dueños» de estructuras de cam­pañas que en realidad son poten­tes maquinarias electorales o frentes que suelen ponerse al servicio de partidos políticos, grupos de poder, candidatos o del propio gobierno en turno.

Su fin es conseguir el mayor número de votos y restarle mayor número de sufragios a los adversa­rios. En estados como Tabasco, donde la participa­ción electoral en elecciones intermedias no suele rebasar el 55.89% (2015) o el 58.69% (2009), juegan un papel sustancial, tanto que se puede asegurar que una elección constitucional se gana por ellos.

Estas estructuras a las que yo he llamado «cárteles electorales» pues cuentan con una extraordinaria organización —manuales, organi­gramas, planes de operación, tecnología georefe­rencial—, sirven para la construcción de acuerdos entre diferentes grupos políticos o facciones partidistas, muchas veces coyunturales a cambio de posiciones políticas, espacio dentro del gobier­no o apoyos directos: becas, gestiones de servicios, viviendas, concesiones, entre otras prebendas.

El Presidente Andrés Manuel López Obra­dor suele repetir en las mañaneras que desde su llegada al poder, el fraude electoral fue agra­vado y que hoy cometerlo puede costar de tres a 15 años de cárcel. Pero estas modificaciones no son suficientes, pues las penalizaciones son a hechos básicos e individuales, no a estructuras.

Por ejemplo, los funcionarios públicos pueden ser sancionados por utilizar equipo de dependen­cias oficiales, incluso hasta por enviar correos electrónicos con propaganda desde su puesto de trabajo; usar algún bien —un automóvil, por ejemplo— en apoyo o perjuicio de algún candida­to; asistir como servidor público en días hábiles a eventos de proselitismo; amenazar con suspen­der programas sociales para coaccionar el voto a favor, entre muchos otras mañas.

Pero estas redes de manipulación electoral no sólo se han sofisticado, sino que desde hace mu­chos años viven dentro de las propias estruc­turas administrativas de gobiernos estatales y municipales, que las financian en nóminas de raya o con puestos de confianza, desde donde se abastecen de recursos hasta la próxima elección. Por eso la burocracia es tan obesa.

Son cárteles electorales, encabezados por reverendos ladrones de votos, a los que ningún organismo toca, pues la ley electoral actúa sólo en contra de una o varias personas que sean sorprendidas realizando acciones que condicio­nen o coaccionen el sufragio, pero no investiga las organizaciones delincuenciales que están detrás. ¡Nunca en la historia se ha procesado por fraude a toda una red!

Al robarse una elección, hurtan el futuro de un municipio, estado o país.

 

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Hace un par de meses conocí a uno de estos «líderes». Despachaba desde una importante ofi­cina gubernamental de la actual administración estatal, de la cual ya fue relevado. En la charla platicó con orgullo cómo ayudó al triunfo de su entonces jefe. Presumió el trabajo que realizaron en campaña. Él se decía huérfano de una ex candidata que, tras finalizar una contienda, los dejó «sin respaldo», es decir, sin empleo y salario, pero rápido halló a quién ofrecerle «su estructura» y al final, él y su gente se alimenta­ron de recursos públicos durante el año y medio que estuvo dentro de la administración.

No importó que no tuvieran él y su grupo noción o conocimientos del área con la que fueron recompensados, tampoco que llegaran a usurpar espacios y funciones de personal que tal vez pudo estar preparado y capacitado para el lugar donde estaba, a ellos lo que les interesaba era cobrar por tres o seis años buenos salarios en pago de su hazaña.

Falta mucho por legislar, para transparentar la existencia y el financiamiento de estas estruc­turas. Debido a que esto se permite es que se dan lo que se llaman «campañas de Estado», en las que silenciosamente dependencias, instituciones y recursos públicos (infraestructura, personal, material y mucho dinero) son convertidas en auténticas maquinarias electorales.

Sí debe haber estructuras electorales abier­tas, públicas, legisladas, con objetivos acotados, registradas y auditadas por el órgano electoral, no las poderosas redes políticas que van a ras de suelo, ocultas, disfrazadas, entregando materiales y dinero en efectivo, articuladas deliberadamente para robarse una elección que debe ser libre.

 

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Las campañas políticas en las que actualmente se encuentran los candidatos, sólo cumplen una función simbólica: cada tres años vemos desfi­lar a personajes con mensajes huecos, algunas descalificaciones, mientras detrás operan estrate­gias clientelares.

Las elecciones están estructuradas para elegir personas y, por lo tanto, las campañas deben servir para que ellos muestren sus capacidades y pro­puestas, pero al no existir confrontación de ideas por la vía de los debates, no se da una conexión, un convencimiento, lo que hace que los electores duden por quién votar y tiendan entonces a escoger parti­dos, no a personas, porque además, si observamos, las campañas en los medios tienen una orientación hacia las marcas, entonces el ciudadano sólo alcan­za a recibir un bombardeo de spots usados para muchas descalificaciones y pocas propuestas.

En estos 42 días seremos testigos del paso de un ejército de candidatos formados bajo las mismas fórmulas, usando frases y palabras aprendidas con exagerada obviedad: «honesto», «confiable», «a tu servicio», «representando el cambio», etc.

Cierro compartiéndoles algunos rasgos de lo que he visto en este proceso electoral:

  • HARTOS Y SIN PARTIDO: Hay dos tipos de electores a los que deberá llegarse, los «ciudadanos hartos» y los «sin partido», ambos motivados por el descontento contra las instituciones políticas en vías de descomposición. No todos, pues Morena aún despierta «esperanza».
  • FALTARON JÓVENES: Aunque algunos están en las boletas, van como uno más, no hay alguien que logre convertirse en una poderosa figura [como lo fue alguna vez Kumamoto en Jalisco], que conecte con los electores jóvenes.
  • LA GUERRA SUCIA: Este tipo de estrategia ha terminado convertida en un meme que, en vez de infundir miedo o enojo, da risa; lo de hoy son las «fakes» que confundan, multiplicadas por mil.
  • COSTOSAS ESTRUCTURAS: Desgraciada­mente todos los gobiernos municipales que ganen en esta elección mantendrán en las nóminas sus enormes estructuras a las que llaman «voto duro», que cuestan mucho dinero a los cuidadanos.
  • EX GOBERNADORES: Aunque su presencia en la elección de Centro ha causado mucha expectativa, al final veremos si estas fórmulas funcionaron o, si el electorado las identifica como lo que son: un anclaje al pasado; figuras muy desgastadas, en las que el PRI y PRD en vez de desmarcarse de lo ocurrido, pusie­ron a sus partidos en la mente de los electores como lo que son. instituciones viejas sin imaginación.
  • ANTIPARTIDISMO: La crisis de los partidos en México no nació como en España, producto del desempleo, ni de revueltas sociales como en la Pri­mavera Árabe, no se aprecian otros factores más que lo que hemos vivido: una historia de malos gobiernos y gobernantes [Granier, Núñez, Evaristo, etc].

 

 

 «Los intereses particulares hacen olvidar fácilmente los públicos»

(MONTESQUIEU)

 

 

 

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