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Director Miguel Cantón Zetina
Los heridos fueron trasladados al hospital. El bebé murió.

Cafre embiste “baby shower”

Un energúmeno ebrio arrolla a diez personas que ocupaban media calle. La festejada pierde a su criaturita.

COATZACOALCOS, Veracruz.- Linda, con apenas 19 años, lleva en su vientre el fruto de su amor, se siente contenta y no le pare­ce mal que las primeras ropas y juguetes de su futuro bebé sean obsequiadas por sus parientes y amigas, en lo que tradicional­mente se llama «baby shower».

No obstante la casa donde vive, en la colonia Olmeca, es pequeña, y tampoco quiere con­tagiarse de COVID. Repasa una y otra vez con otros parientes la lista para ver quién de todos tiene un patio amplio, pero no encuen­tran a nadie.

Eso no la desanima, ser ma­dre le ha dado de pronto una fuerza increíble para enfrentar cualquier desafío sin amilanar­se. Como si de pronto, la cosi­ta de casi nueves meses que se mueve y patea desde dentro, la hubiera cambiado.

Una de las contertulios sugi­rió cerrar la calle Quetzalcoátl, u ocupar un sólo carril, de manera que se pudiera respetar la sana distancia, y otra persona se ofre­ció a atravesar su coche para dar más seguridad.

Linda terminó de hacer ella sola las invitaciones, se pasó ho­ras con las tijeras, los cartones y el resistol a fin de dar a los co­mensales algunos adornos senci­llos y topers.

Cuando llegó el día de la pre­sentación del futuro descendien­te de Linda, ya todas las invitacio­nes estaban entregadas.

No eran más de una docena de invitados ocupando la calle Quet­zalcóatl. Ya habían hecho varios juegos, entre ellos el clásico de medirle la panza, que parecía un pequeño globo terráqueo.

Linda, sus parientes y amigas estaban pasando un momento tan agradable, que se habían ol­vidado de los meses de encierro y el miedo a contagiarse por la pan­demia. Además, sobre una mesa, había regalos envueltos para la bienvenida de la criaturita.

CAFRE EBRIO A LA CÁRCEL

Todo iba bien hasta que un claxon insistente hizo voltear a todos a un costado de la calle. La cara de un hombre ya mayor se veía mo­lesta tras el parabrisas. Con una mano seguía tocando la bocina, y con la otra manoteaba en señal de que se movieran.

La mayoría de las mujeres le comenzó a decir desde donde es­taban sentadas que se fuera por la otra calle. Se lo dijeron de buena gana, pues aún sentían la felici­dad de la reunión.

El hombre amagó con el acelerador, y el escape del auto rugió con furia. Lo que vino in­mediatamente nadie se lo espe­raba: el cafre aventó su auto con toda la potencia de que fue ca­paz el motor, arrastrando con­sigo el auto que habían puesto atravesado. Las dos unidades así no llegaron muy lejos, pero sí lo suficiente para lanzar por los aires a los invitados.

Diez personas quedaron des­parramadas en el suelo con dolores en la espalda, el pecho y las extremidades. Fue cuando se dieron cuenta que Linda estaba sujetándose la panza y pidiendo ayuda. No tardaron en llegar va­rias ambulancias. Pero los para­médicos comprendieron que la atención de Linda era urgente.

Un grupo de vecinos que vio lo que pasaba, sin estar en la fiesta, detuvo al cafre, conoci­do en el área con el nombre de Mario «N». Apestaba a alcohol y no dejó de recibir golpes de sus captores hasta que llegó la policía estatal.

Al día siguiente, en la casa de Linda, una caja pequeña blan­ca es colocada sobre una mesa con mantel también blanco. A su alrededor hay veladoras. Los vecinos, guardando sana dis­tancia, le rezan por turnos. La madre del finadito continúa en el hospital.