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Buscando la tranquilidad interior

La gran necesidad que aho­ra se nos plantea en el campo de la salud, es precisamente la paz, la tranquilidad interior. Esto es fundamental en nuestra vida, pero en las circunstancias que ahora estamos viviendo, con de­masiada facilidad la perdemos; el llamado estrés viene a ser una amenaza muy frecuente para todos, se provoca miedo, depre­sión, angustia, con facilidad hay explosiones de carácter en el ho­gar aun por pequeños detalles. Desde luego que todo esto se nos viene por el abundante bombar­deo de las noticias, unas verda­deras, otras falsas; en muchos casos por vivir en una familia que posiblemente tenga conta­giados o incluso, hayan tenido la desgracia de perder a alguno de sus seres queridos. A todo esto le puede abonar los problemas in­trafamiliares de la economía o de conflictos matrimoniales.

Cuando tenemos paz y ar­monía interior, nos sentimos contentos, optimistas, alegres y seguros; nuestros quehaceres ordinarios los realizamos con gusto, con mucha disponibili­dad, por eso la felicidad de una persona no es algo externo, si­no que brota del interior. En el fondo, esa tranquilidad interior la logramos cuando tenemos la certeza de ser amados. Todos los seres humanos, desde que aparecemos en el seno mater­no, traemos impresa en nuestra naturaleza una necesidad infi­nita de ser amados, por eso San Agustín le decía a Dios: “Nos hi­ciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Una persona que nunca ha tenido la experiencia de sentir­se amada, toda su vida sentirá esta necesidad y, en situaciones que le provoquen conflictos, puede manifestar inseguridad, miedos, desconfianza. En dis­tintos momentos, a lo largo de la historia de la salvación ex­presada en la Sagrada Escri­tura, descubrimos el rostro de un Dios muy cercano y atento a las necesidades de su pueblo, que lo alienta en los momentos difíciles (Jer 1,8) “No tengas miedo, que contigo estoy para salvarte”, que nos fortalece en la batalla y nos hace compren­der que no estamos solos (Sof 3, 16-17) “¡No tengas miedo, no desfallezcan tus manos! El Se­ñor tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso salvador! Te re­nueva con su amor”.

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