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Bienaventurados los pobres

Jesucristo nos dice que aquellos que nosotros con­sideramos infelices son los bienaventurados. Pa­ra nuestro mundo y nuestra manera de pensar son bienaventurados aquellos que tienen dinero, po­der y prestigio. Para Jesucristo es bienaventura­do aquel que es pobre, humilde, despreciado: el que no tiene dinero el que no cuenta porque no tiene poder y el que no cuenta por carecer de prestigio. Jesús invierte radicalmente los valores y sin posi­bilidad de malentendidos, a lo que nos lleva a decir, o nosotros estamos equivocados o Jesús esta radi­calmente mal. El sermón de la montaña es un re­sumen la vida cristiana, que no es una nueva ley, es un nuevo corazón, prometido desde los profe­tas. Lo que aquí afirma Jesús es lo que el vivió y que te invita a vivir. Sus palabras son buenas noticias, invitación a superar las dificultades en un mundo donde los poderosos aplastan. Y evangelio es creer que el otro, es un hermano a quien tenemos que ayudar donándonos a no­sotros mismos y haciéndonos pobre por amor. Las bienaventuranzas no son una ideología, son el corazón de Jesús y que, aunque para el mundo suene como un disparate es la mejor manera y el mejor camino para reconstruir una humanidad. Viéndonos como hermanos y viviendo en sencillez ante el otro.

Cuando Jesús dice bienaventurados los pobres, habla de la pobreza que es el “vacío” que lo reci­be todo: la pobreza absoluta recibe lo absoluto que es Dios y su amor. La pobreza en el espíritu es humildad, característica antes del amor. Es entendido por aquellos que tienen los mismos sentimientos que estaban en Cristo Jesús. Dios es esencialmente pobre. No tiene nada: es todo del otro. Su mismo ser es ser del Hijo, si él es el Padre; ser del Padre, si él es el Hijo; ser del Pa­dre y del Hijo, si es el Espíritu.

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