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‘Aún contagiado no dejé que el Covid se llevara a mi familia’: Julián Gallegos

“Tomé mucha carga viral, no usé protección, no usé nada, ya estaba contagiado. Pero no le tuve miedo al virus, así fue como salvé a mi hijo, a mi mujer y a mi cuñada”.

A Julián Gallegos, comediante ta­basqueño, le tocó vivir en carne pro­pia lo que se siente ser un paciente Covid, tener a un hijo, una esposa, y en total a 12 personas de su familia contagiada por el virus.

En su agonía por el coronavi­rus, buscaba imitar la mejor alegría para no caer en la depresión, pero no pudo. Fue el acto más difícil de su vida y de su carrera profesional.

Pero se armó de valor y sacó ade­lante a su familia, aun cuando él mis­mo estaba contagiado y sentía que los huesos se le trituraban.

 

—¿Qué se siente ser un pacien­te Covid?

La palabra horrible se queda chiqui­ta. Primero empiezas con unos dolo­res de cabeza, que sientes que te va estallar. Las temperaturas son altas, así me dio a mí y sentí unos dolores de huesos que parecía que me los es­taban triturando.

En el momento que te empiezas a dormir, empiezas a tener pesa­dillas; que te están rompiendo los huesos, que te están arrancando la piel como si arrancaras un mazo de zacate con todo y raíz.

No tienes fuerza para caminar. Empiezas a perder la respiración y las fuerzas. Pero no le tuve miedo al coronavirus.

 

—¿Cómo te contagiaste?

Mi suegra se contagió primero; yo, pues como siempre les llevaba de comer porque ella se encerró desde que se contagió, pero desgraciada­mente había trabajadores que llega­ban a su casa y llegaron infectados; la infectaron a ella, infectaron a la abuela, a mi cuñada.

Hace dos semanas y media esta­ba en el rancho, maté tres borregos y les llevé la carne para hacerles una barbacoa. Se las cociné en la misma casa sin saber que ellas estaban in­fectadas.

Entonces, para tomar precau­ción en casa, le dije a mi hijo que se subiera a una recámara. Se encerró para que no se contagiara. Y le dije a mi mujer: tu mamá está infectada, entonces, pienso que en las dos ve­ces que fui a hacerles de comer, no sabiendo que estaban infectadas, me contagié. Al tercer día que estuve en casa de mi suegra empecé a sentir los dolores.

 

—¿Te hospitalizaron? ¿Cómo fue la atención médica?

Yo no creo en los hospitales, creo en los doctores, pero a la abuela la llevaron al ISSSTE. Nos fui­mos al hospital, nos hicieron las pruebas, tomografías y salimos contaminados todos: además de mi esposa, hijo y yo, 12 personas de la familia en total.

Nunca he estado en un hospi­tal en toda mi vida, ni por enfer­medad, ni por nada, pero nos die­ron las malas noticias más tarde: una cuñada y la abuela murieron primero, luego una tía, la nana de mi mujer. La tercera que murió fue mi suegra mientras yo esta­ba batallando adentro de mi casa con mi hijo, mi esposa, con otra cuñada y conmigo. Yo vi al diablo en el agujero, sentí que no la iba a contar.

 

—¿Cómo lograste vencer o cómo vences el coronavirus?

Como podía me levantaba; ha­cía caldo de pollo, caldo de res, caliente, y le daba a mi familia. Hacía té de canela, con limón, jengibre, con cebolla morada, le ponía las aspirinas y hacía un jugo caliente.

Pero llegó un momento en que mi mujer ya no se movía, nada más hacía un ruido que le salía de los bronquios. Y estaba casi desmayada. Pensé llevarla al hospi­tal, pero hasta el último momento me negué.

La sobé del pecho con Vaporub, le di golpecitos en la espalda, en el pecho y le decía que tuvieran calma, que no se desesperara, porque esto cuando empieza, tienes que respirar despacito y guardar la calma, para que no te gane la taquicardia.

A todos los bajé de la recámara, y ahí estaban todos tendidos en la sala: mi hijo, mi esposa, mi cuña­da, yo, dándoles masajes. No me importó. Tomé mucha carga viral, no usé protección, no usé nada, ya estaba contagiado. Pero no le tuve miedo al virus, nunca le tuve mie­do. Así fue como salvé a mi hijo, a mi mujer y a mi cuñada.

A mi suegra no la pude sacar del hospital porque se la habían llevada al ‘Juan Graham’, y ahí murió. Los nombres de mis familiares que fa­llecieron son: Raquel Fuentes Alejo (abuela de mi mujer), Elizabeth (tía de mi cuñada), Janita Sierra Fuen­tes (mi suegra).

 

—¿Festejarás haberla librado?

No es para festejar, le doy gracias a Dios por la vida de mi hijo que lo vi tan mal; la de mi esposa, que estuvimos a un hilo de irnos. Mi hijo tiene 17 años y mi esposa se llama Claudia Vidal. Ya estamos mejor, pero seguimos en cuaren­tena, porque el virus no te deja a como estabas antes.

 

—¿Qué mensaje le das a las perso­nas que no se cuidan?

El virus sí existe, no sean incrédulos. Yo tampoco creía al principio, pero nunca le tuve miedo, de hecho, no le tengo miedo a ninguna enfermedad porque de algo nos vamos a morir, pero hay que cuidarse. Ahorita esta­mos en el mero pico de la pandemia, no se confíen, porque cuando todo según volverá a la ‘nueva normali­dad’, es cuando más mortandad de gente va haber.

Quiero decirle a la gente, no so­lamente de Tabasco sino de México: “hay que tener mucho control para salir, para platicar. Si tú estás infec­tado tienes que decirle a la gente: estoy infectado o estuve infectado, no te me acerques, porque el coro­navirus queda como una gripa mala que te puede matar”.