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Ante el desorden de la humanidad (II)

Tal parece que el ser humano se ve atrapado y cautivado por el desarrollo de su capacidad científica y tecnológi­ca, se ha llegado a sentir todopoderoso, puede dominar la genética, la materia, puede transformarla y encontrar en la conquista del mundo material su felicidad, su bien­estar. El hombre es Dios y paso a paso ha ido desacrali­zando el mundo, ya no necesita al Dios vivo y verdadero para realizar su existencia en el mundo, ahora él es quien decide qué es lo bueno y qué es lo malo.

Valdría la pena preguntarnos si toda la situación del desorden mundial que vivimos, acompañado del dete­rioro que hemos causado a nuestra casa común, la Tie­rra, no tendrán origen, precisamente, en que no estamos permitiendo que “el Espíritu de Dios siga aleteando so­bre el mundo”. El hombre de hoy, nosotros todos, tene­mos que darle gracias a Dios porque nos ha dado una capacidad inconmensurable para transformar la crea­ción, pero tenemos que reconocer con suma humildad, que ningún hombre o mujer es dios, nadie es omnipoten­te y que la armonía y la vida de la humanidad, de nuestra nación, de cada una de nuestras familias, llegará cuando dejemos a Dios ser Dios en nosotros. Si hay sabiduría y docilidad en nosotros, esta terrible situación de pande­mia nos mostrará la necesidad que todos tenemos de dar a Dios lo que es de Dios.

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