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Opinión

AMLO: ¿Poner o imponer?

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Por Héctor Tapia

 

  • Adán, alborota su gallinero en Tabasco
  • Hasta Salinas, Presidente puso Presidente

 

A inicios del verano pasado disfruta­ba de una taza de café con un buen amigo, el menú en la mesa era la Cuarta Transformación, el Presi­dente y Adán como plato fuerte; aunque faltaban aún tres meses para el informe presidencial, en medios y redes ya se hablaba con insistencia de la salida de Olga Sánchez Corde­ro de la Secretaría de Gobernación, pero no de la llegada de López Hernández como relevo.

Aquella mañana, tras una larga conversación, mi amigo me convenció de incluir al entonces gober­nador de Tabasco como uno de los aspirantes a la candidatura por Morena de la Presidencia de la Re­pública. «Encártalo, mételo al juego, ¡total si no es, no pasa nada!», me dijo. La reflexión había llegado tras el análisis que hacíamos de la falta de personajes del sureste del país en la sucesión presidencial.

Fue así que abordé muy anticipadamente en «El Tabasqueño» [TH/03/06/21/No.11,589] un artículo que abiertamente titulé: «Adán, el presi­denciable del Sureste». En esa entrega sostuve por qué el entonces gobernador de Tabasco tendría que tener como misión la búsqueda de la candidatura a la Presidencia de la República; de lo contrario, el estado y todo el sureste correrían el riesgo de que­darse otros 100 años con proyectos varados.

«Adán—dije— tiene que dar la pelea para evitar que estas tierras tropicales y petroleras sean con­denadas nuevamente al ostracismo».

Hoy que López Hernández despacha en Go­bernación, en Tabasco la esperanza ha venido cre­ciendo, principalmente en la clase política, que ve con ojitos de admiración y cariño al que consideran el «caballo negro», el auténtico «tapado», el «gallo» tabasqueño para la candidatura presidencial. Cada vez son más las columnas que especulan en las razones por las que Adán es el verdadero elegido de AMLO. El gallinero anda muy alborotado.

Si nos vamos a la historia y los números, encontraremos que, ya con el PRI como partido hegemónico, desde 1946 y hasta 1970, todos los candidatos presidenciales surgieron de la Secreta­ría de Gobernación, con excepción de 1958, cuando Adolfo López Mateos, secretario del Trabajo, es el nominado. De 1976 a 1994, los elegidos surgieron de la Secretaría de Hacienda y de Programación y Presupuesto. También han surgido de gubernatu­ras dos presidentes: Vicente Fox (Guanajuato) y Enrique Peña Nieto (Estado de México).

El último candidato que salió de la Segob y perdió fue Francisco Labastida, en el 2000. Entonces, las estadísticas marcan que en los últimos 50 años (des­de 1970) la poderosa Secretaría de Gobernación ha dejado de ser la cantera de presidentes.

¿Romperá el paisano Adán Augusto López Hernández esa sequía de medio siglo? ¿Estará en esa posición realmente para ser el candidato a la Presiden­cia? No me queda la menor duda de que su actuación será trascendental en la sucesión, pero considero que con que Tabasco esté representado ahí, me doy por satisfecho, más tabasqueños deben aprovechar esta oportunidad de oro para incursionar en las grandes ligas de la política mexicana. En sus marcas, listos…

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Ernesto Zedillo Ponce de León, fue el último Presidente de México puesto por otro Presidente. Esto ocurrió por una desgracia: Cuando lo nombraron can­didato de repuesto a la presidencia —28 de marzo de 1994—, apenas habían transcurrido cinco días del ruin asesinato de Luis Donaldo Colosio, a quien Carlos Salinas de Gortari no tuvo necesidad de destapar, pues siempre fue su elegido para sucederlo.

Desde aquel domingo 2 de julio del año 2000, en el que por primera vez en 71 años no ganó la Presidencia un candidato del PRI, hasta el día de hoy, han pasado 21 años sin que algún Ejecutivo federal haya logrado poner a su sucesor. Ernesto Zedillo, quien asumió el cargo el 1º de diciembre de 1994, fue el último Presidente impuesto por su antecesor; irónicamente acabaron peleados en un cruce de acusaciones de alta traición.

Cuatro sexenios de turbulentas elecciones mar­cadas por «la transición», «el regreso del PRI» y «el cambio», son signos de una democracia en etapa temprana de madurez, en la que los ciudadanos han aprendido a elegir o castigar candidatos.

Con la derrotada de Francisco Labastida y la llegada de Vicente Fox a la Presidencia desapare­ció el viejo juego político de «los tapados». Como signo de los «nuevos cambios» se buscó experi­mentar con procesos internos para elegir candi­datos. Por esta razón, a Fox Quesada se le coló el «chaparrito de lentes», quien siendo su secretario de Energía se auto destapó, lo renunciaron y terminó arrebatándole la candidatura a Santiago Creel y robándose la Presidencia de la República en 2006.

Desde el 2006 el «factor López Obrador» dificultó la imposición de Presidentes, pues las elecciones se hicieron más competitivas, obligando al Gran Elector a ungir candidatos mejor posicionados en encuestas para disputar con el tabasqueño.

Tampoco Felipe Calderón pudo imponer Presiden­te. Su violento sexenio y demás erratas, más un proceso interno donde se dividieron los panistas —unos con la candidata que ganó la postulación, Josefina Vázquez Mota, y otros con el perdedor, Ernesto Cordero—, los llevó en 2012 a una vergonzosa derrota, que colocó al PAN en tercer lugar con 25.4% del voto, frente a 38.2% del candidato triunfante del PRI y una izquierda que con López Obrador obtuvo un 31.7% del voto.

Fue así que el PRI regresó al poder con un Enrique Peña Nieto que desde que asumió la gubernatura de Edomex empezó a construir su candidatura presiden­cial. A él lo destapó Televisa, no el PRI. Regresó a Los Pinos un tricolor «renovado», aunque en realidad dos factores pesaron: 1. El fracaso del panismo como gobier­no; y 2. La confrontación del calderonismo con AMLO, que impidió —usando todos los medios a su alcance— que se diera una alternancia hacia la izquierda.

Finalmente, a Peña Nieto le resultó imposible, pri­mero, poner candidato (su elegido era Aurelio Nuño) y después lograr el triunfo de un abanderado «ciudadano», encarnado en José Antonio Meade Kuribreña, a quien intentaron presentar como alguien ajeno al PRI, esto debido a que todos los estudios demoscópicos ponían al tricolor en el suelo, producto del desgaste que sufrió en el sexenio, donde afloró lo peor del PRI en toda su historia.

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Hoy, a dos años y 237 días de la próxima elección del 2 de junio de 2024, AMLO ha iniciado el proceso de su sucesión destapando a los seis aspirantes que podrían remplazarlo: al hacerlo, hace pensar que está jugando con cartas abiertas, es decir, que no hay tapados.

Son seis los postulantes a los que ha mencionado AMLO, de ellos tres son integrantes del gabinete: Marcelo Ebrard Casaubon, secretario de Relacio­nes Exteriores; Rocío Nahle García, secretaria de Energía y Tatiana Clouthier Carrillo, secretaria de Economía; dos más son emisarios en el extranjero: Juan Ramón de la Fuente Ramírez, embajador en las Naciones Unidas; Esteban Moctezuma Barra­gán, embajador en Estados Unidos, y una más se encuentran fuera del gabinete: Claudia Sheinbaum.

Seguramente AMLO intentará revivir al Gran Elector, lo que podría funcionarle o provocarle un traspiés político. Primero tiene que posicionar al del­fín (a) y luego pensar en lo siguiente, tomando en cuen­ta que poner es una cosa e imponer es otra cosa.

Él querrá implantar a una especie de «Pascual Ortiz Rubio», alguien que como Calles continúe con la Cuarta Transformación, en una forma de «maximato», pero es imposible saber cómo se le den las cosas.

¿Será uno de los destapados por AMLO su «corcholata» favorita, y por lo tanto resultará ser el candidato presidencial de Morena o podrá ser otro, que de última hora se incluya en el listado original? El tiempo lo dirá.

 

 

«El que obtiene la unidad, obtiene todo»

MARÍA ZAMBRANO

 

 

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