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julio 25, 2021

Columnistas

Aislamiento

Han sido más de 150 días de aisla­miento. Estamos apenas pasando a semáforo naranja. En otros lu­gares del mundo han sido mucho más y con medidas más drásticas. Posiblemente al principio has­ta fue divertido. ¿Ningún com­promiso ni lugar al que ir? ¿Sólo comer y dormir? Usted querido lector sabrá cómo le ha ido. Así que aquí estamos, en un mundo para el cual no estábamos prepa­rados, en nuestras propias casas la mayoría, por nuestro propio bien, y por amor a los nuestros.

¿Ha intentado entender y comprender los propósitos de Dios en estos días? ¿El aislamien­to y soledad que ha experimenta­do en estos días le ha hecho mejor o peor persona? La condición de aislamiento y el sentimien­to de soledad es real. Cuando le preguntaron “¿Cuál es el gran mandamiento de la ley?”, Jesús respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el grande y primer man­damiento. Y el segundo es seme­jante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas” Mt. 22:37- 40. Jesús afirmó que hemos sido creados por Dios para tener una relación: primero con Él y des­pués con otros. Nuestros anhelos por las relaciones surgen de este diseño. Hoy nos encontramos en circunstancias en las que estas relaciones para las que estamos creados se han vuelto difíciles.

Junto con esto nuestro con­texto cultural produce algunos factores que contribuyen a la di­ficultad del aislamiento. No sabe­mos muy bien cómo quedarnos quietos o callados. Tendemos a buscar nuestra identidad en lo que hacemos y eso significa, de una forma u otra, conectar con otras personas.

La contemplación en quietud no es algo natural para nosotros, es una disciplina. Hoy en este mundo globalizado, estamos en­tre las personas más ocupadas y más conectadas que jamás hayan existido. Así que pasar por esta circunstancia nos puede llevar a relacionarnos con Dios. En el ais­lamiento de Agar en el desierto, Dios mostró ser el Dios que ve. Se encontró con ella y fue fortaleci­da. Quizás, una de las bendiciones de esta temporada de tranquili­dad forzosa es que aprendemos cómo acercarnos a Dios de mane­ra más efectiva para que Él pueda acercarse a nosotros y proveernos de compañía y consuelo.

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