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Director Miguel Cantón Zetina
Doña Lilia Hernández se autonombró como la novia de El Peje. Lo veía cuando éste iba a Paraíso.

Adiós a la pícara Lilia

La simpática viejecita recorrió las calles de paraíso con su eterna ‘sombrilla’.

PARAÍSO.- Todo paraiseño debió conocer a la pícara Lilia Hernán­dez, una simpática viejecita que recorría las calles de la ciudad con su eterna acompañante ‘la sombrilla’ y portando siempre en su cabeza una diadema, con vesti­dos estampados de flores. Amiga incondicional de los taxistas, po­licías, tránsitos y funcionarios a los que solía visitar en las oficinas de palacio municipal e inclusive apapachada por los presidentes municipales.

Autonombrada novia del hoy presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, a quien siguió en su lucha por la demo­cracia y con quien tuvo afectos de amistad cada vez que el enton­ces aspirante a la silla presiden­cial arribaba al parque central ‘Venustiano Carranza’ a realizar sus mítines políticos.

Tantas historias y anécdotas de Lilia sucedieron sobre la para­da de taxis colectivos, en el mercado, la central camionera, en la comandancia u oficinas de tránsi­to; mas de uno le huía porque a la menor distracción, ya sentía sus manos en alguna parte del cuer­po, dicho con todo respeto.

 

Viajaba gratis en los camio­nes que la llevaban a su natal Oc­cidente, San Francisco o cuando le caía la noche en su andar por el centro, una patrulla de seguridad pública municipal la llevaba has­ta la puerta de su humilde casa, de tantas ocasiones, los agentes co­nocían perfectamente su domici­lio. Cada ‘chistada’ alegraba el día de quienes conversaban con ella, ahora con su irreverencia alegra­rá las almas en el cielo.

Hoy se ha ido un peculiar personaje de Paraíso, de los úl­timos que nos quedaban, pero ha quedado inmortalizada en el mural pintado por el carica­turista Sebastián Juárez, el cual se encuentra colocado en la ca­sa de cultura José Tiquet. Hoy tras la añeja enfermedad que la aquejaba y mantenía postra­da en cama, su muerte no tie­ne vuelta atrás, como en otras ocasiones que ya la daban por muerta; adiós a la viejita de la singular sonrisa y cabellos de plata, a la también llamada ‘rei­na de los taxistas’.