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(Foto: Agencia)

Seguridad

Acuchilla al novio de su hija

La madre de Javier Moisés «N» señala al padre de la novia como responsable de asesinar a su hijo. Le dio siete puñaladas en la cara y tórax.

CANCÚN, Q. ROO.- Cuando doña Dolores recibió la fatal noticia, sintió como si su co­razón se hubiera partido en dos. Nunca imaginó pasar ese amargo cáliz porque lo natural de la vida era que los hijos despidieran a los padres, y no al revés.

Le habían dicho de sopetón que la casa de su hijo estaba acor­donada por policías, y que no de­jaban pasar a nadie, pues al inte­rior de la vivienda yacía el cuerpo de una persona sin vida.

«¿Y si se hubieran equivoca­do?», pensaba mientras se fro­taba las manos nerviosamente. Pero le habían dicho bien el do­micilio que coincidía con el de su hijo: región 102, manzana 89, lote 6, calle 36.

Salió corriendo de donde esta­ba hacia la casa de su hijo Javier Moisés, con la esperanza de que todo fuera una equivocación. Su vástago tenía de 35 años, había construido con esfuerzo una ca­sita, lo último que había puesto era el barandal de la entrada. «No tiene que morirse, aún le falta mucho por vivir», se repetía con esperanza.

Apenas divisó las patrullas en la calle acordonada, y la camio­neta blanca que como emisaria de la muerte, tenía rotulada en la parte trasera de la caja cerra­da: «Servicios Periciales», sin­tió que no había vuelta de hoja aquel viernes 11 de septiembre. ¡Sí, era la casa de su hijo!

Un hombre que parecía astro­nauta enfundado completamen­te en un traje blanco se le acercó a preguntarle: «Disculpe, señito, ¿es usted pariente del occiso?».

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La anciana de 58 años ya no tuvo más duda, sintió como si una fuerza la abandonara y cedió a cualquier resistencia. «Sí, soy su madre».

El hombre del traje blanco va­ciló al hacer la siguiente pregunta: «¿Podría reconocer el cadáver?»

Ella asintió en silencio. Para todo en la vida se había prepara­do: para ser madre de un varón que llamarían Javier Moisés; para dejar su pueblo en La Joya, Campeche, e irse a probar mejor fortuna al caribe, con todo e hijo, donde decían que había trabajo; para todo se había preparado, menos para lo que vería inmedia­tamente.

 

EVIDENCIA:  CUCHILLO DE 13 CM.

En la sala, debajo de la hamaca y cubierto con una colcha, yacía tirado el cuerpo de su hijo. Su rostro estaba tapado, pero ella ya no dudó que era la carne de su sangre al ver parte de sus pies descubiertos, y las chanclas pata de gallo que él usaba.

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El hombre del traje blanco descubrió el rostro. Doña Do­lores comenzó a llorar al ver las dos heridas profundas en el labio inferior y otra en el mentón de su vástago: «Sí, es mi hijo Javier Moisés». Debajo de la sábana, el cuerpo presentaba dos heridas graves en el pecho, otra en el tó­rax y otra más en el antebrazo izquierdo.

El forense volvió a cubrir la cara del occiso y comenzó a re­cabar con la madre los datos que necesitaba llenar.

Luego, los agentes de la fiscalía se acercaron a la madre, uno de ellos habló: «Fuera del cadáver y la sangre en la sala, todo parece estar en el mismo lugar. Robo no fue… Señora, ¿su hijo había recibido al­guna amenaza o tenía enemigos?»

Doña Dolores respondió que podían preguntar a la mayoría de los vecinos, y ellos corroboraría su dicho, de que su hijo no se me­tía con nadie.

«Piense un poco», encomió otro agente.

«Mire, mi hijo comenzó a an­dar de novio con la vecina de en­frente de la calle, y desde que em­pezaron a salir, mi Javier Moisés me decía que su futuro suegro no lo quería, luego me dijo que tam­bién lo había amenazado, que si le pasaba algo, su futuro suegro sería el culpable. Yo oía estas co­sas y le decía a mi hijo que tuviera cuidado, pero nunca pensé la gra­vedad de las cosas.»

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«¿Usted conoce a esa perso­na?», interroga el agente.

«Sólo sé que le dicen el Dólar», responde la madre resignada.

Los agentes con sus guantes introducen en una bolsa el cu­chillo de 13 centímetros todavía manchado de sangre. A la una terminan de levantar el cuerpo. Las investigaciones aún no dan con la mano asesina.

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