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4 meses para la ganar la gloria

Hidalgo se impuso por su amor al pueblo.

Por Raymundo Vazquez Soberano.

De todos los personajes de la Historia de México, Miguel Hidalgo y Costilla — su verdadero nombre era Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla y Gallaga Mondarte Villaseñor—, el párroco del pueblo de Dolores, quien el 16 de septiembre de 1810 inició el movimiento armado de independencia cuando lo que hoy es México era el virreinato de la Nueva España, es el más venerado, el más consagrado como divinidad rectora de la patria.

Su imagen ha sido proyectada en incontables estatuas, retratos, monumentos, estampillas, condecoraciones, caricaturas, murales, papel moneda, entre otros símbolos y efigies. Además, diversas agrupaciones políticas y sociales se han apropiado de su nombre e imagen.

Edmundo O´Gorman comenta que este hecho sorprende, debido a que Hidalgo «… sólo cuatro meses estuvo al mando efectivo de la hueste. En el increíblemente corto espacio de 120 días, aquel teólogo criollo, cura de almas pueblerinas. ¿Cómo no comprender el pasmo entre quienes, amigos suyos, admiraban en él, disimulando flaquezas, la clara inteligencia y los sentimientos benévolos y progresistas?» [Eugenia Meyer, ed., Edmundo O’Gorman, Imprevisibles historias]. Ese lapso le fue suficiente para convertirse en el máximo adalid del Estado Mexicano. Al respecto, se hace necesario explicar cómo se gesta esa sacralización cívica.

Hidalgo nació en la hacienda de San Diego de Corralejo, en Pénjamo, intendencia de Guanajuato, el 8 de mayo de 1753. Él y su hermano José Joaquín pasaron a radicar a Valladolid, hoy Morelia, Michoacán, en 1765, donde ingresan al Colegio de San Nicolás.

Hidalgo sobresale por su inteligencia y agudeza de pensamiento, motivo por el cual sus compañeros le asignan el mote de el Zorro; destaca en gramática, retórica y filosofía; es lector de los clásicos latinos y se siente atraído por el estudio de otros idiomas: junto al francés, el otomí, el tarasco y el náhuatl. En 1770 obtiene el grado de bachiller en Artes por la Universidad de México y a los 20 años se graduó como bachiller en Teología y no quiso graduarse como doctor, «porque afirmaba que los doctores de la Universidad no eran más que una cuadrilla de burros» [Pedro García, Con el cura Hidalgo en la Guerra de independencia].

Hidalgo fue rector del Colegio de San Nicolás y a partir de 1792 fue nombrado cura de Colima, luego de San Felipe Torres Mochas. Hizo de este curato un lugar de convivencia en donde lo mismo se discutían los asuntos públicos que se hablaba de las ciencias, de las artes o de la industria. «La casa habitada por Hidalgo era conocida como la ‘Francia Chiquita’ ahí se podía leer a Demóstenes, Cicerón, Molière, al dramaturgo Jean Racine; al historiador Jacques-Bénigne Bossuet, los escritos políticos de André Hercule de Fleury, entre otros libros». [José M. de la Fuente, Hidalgo íntimo]. Hidalgo se caracterizó por ser un hombre docto, preparado, lo que propició que los conjurados de Querétaro lo reconocieran como jefe y guía de la insurrección. Además, era del conocimiento popular que al menos era padre de cuatro hijas con distintas mujeres.

En su inicio la insurrección de Hidalgo en el pueblo de Dolores no tuvo oposición hasta la toma de Guanajuato, donde la situación se volvió áspera debido a la famosa toma de la Alhóndiga de Granaditas: los españoles se habían acuartelado para resistir, tras algunos días de lucha, la alhóndiga cayó en manos insurgente, suscitándose el saqueo y la masacre de los peninsulares que ahí se encontraban. De Guanajuato, los insurgentes se dirigieron hacia Vallado id, después a Toluca. El 30 de octubre de 1810, en el Monte de las Cruces, sostuvieron un encarnizado combate con las fuerzas realistas, saliendo victoriosos.

Su paso siguiente era la toma de la Ciudad de México, pero Hidalgo ante el temor que se repitiera la masacre de españoles suscitada en Guanajuato, desistió el ataque a la capital del virreinato contra la insistencia de Allende en tomar la ciudad. Se optó por dar marcha atrás. Hidalgo y Allende se separan y es hasta diciembre que Allende, Aldama y Jiménez, en Guadalajara, unen de nuevo sus ejércitos al de Hidalgo en un intento por fortalecer la insurgencia.

Para entonces, todo esfuerzo es vano para los insurgentes. Los realistas avanzan sobre Guadalajara y logran derrotarlos en la batalla del Puente de Calderón, en las inmediaciones de la ciudad. En adelante fue imposible para Hidalgo y Allende conjuntar un ejército vigoroso que pusiera en riesgo la estabilidad virreinal en la Nueva España. Las diferencias entre Hidalgo y Allende eran demasiado evidentes, aun así marcharon hacia el norte con la esperanza de llegar a territorio estadounidense para adquirir armas y reorganizar el movimiento.

El 21 de marzo de 1811 fueron capturados por las fuerzas realistas al mando de Ignacio Elizondo, en las Norias del Baján, perteneciente a Coahuila. Allende, Aldama y Jiménez fueron fusilados por el delito de alta traición. A Hidalgo se le hicieron dos juicios: el primero, eclesiástico y el segundo, militar. El Tribunal de Chihuahua, lo condenó a muerte. Fue ejecutado al amanecer del 30 de julio de 1811, en esa ciudad. Luego su cabeza fue cortada para ser enviada a Guanajuato, donde se exhibió junto con las cabezas de Allende, Aldama y Jiménez en las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas. De esta manera concluyó la primera época del movimiento de independencia.

A partir de su final trágico Hidalgo comienza a conservar «entre los suyos el renombre de sabiduría y de bondad que le conquistaron sus afanes académicos y los esfuerzos que desplegó por mejorar las condiciones de vida de sus feligreses… y es exaltado al pedestal de héroe magnánimo e invicto… «el hombre providencial, el primero de los muchos que, quizá más para mal que para bien, se ha dignado enviar entre nosotros la Majestad Divina.» [Eugenia Meyer, ed., Op cit].

O´Gorman, plantea que, Rayón y Morelos consideran la gesta de Hidalgo como el antecedente que encabezan, y vinculan ideológicamente ambos acontecimientos al considerar a Hidalgo como el inspirador de los ideales democráticos y republicanos adoptados por ellos. Para su mala fortuna ellos también son derrotados y luego de 11 años, su principal adversario, Agustín de Iturbide logra la independencia del virreinato de la Nueva España. Sin embargo, a Iturbide «los insurgentes siempre le parecieron una cuadrilla de ladrones y asesinos que sólo procuraron el provecho propio y el engrandecimiento personal… Y lo más que pudo concederles fue que el desastroso ejemplo que dieron sirvió para fijar la opinión pública en el sentido de que la guerra a los españoles residentes en el país era injusta e insensata y que la única base para cimentar la futura felicidad de la patria consistía en la unión de todos los habitantes, sin distinción de origen, ni raza. Y puesto que ése fue el fundamento principal del Plan de Iguala, no es difícil comprender que Iturbide haya repudiado con vehemencia la noción, después tan general, de que no había hecho sino consumar la obra comenzada por Hidalgo» [Eugenia Meyer, ed., Op cit]. Según O´Gorman, para Iturbide, «las revoluciones de 1810 y 1821 eran acontecimientos enteramente desligados e incompatibles, y la obvia consecuencia resultaba ser que a él y solamente a él correspondía la gloria de haber independizado la Nueva España».

Esta lucha por la paternidad de la patria se prolongaría durante la primera mitad del siglo XIX, entre federalistas y centralista, luego liberales y conservadores; fue hasta el triunfo de los primeros en la Guerra de Reforma que en definitiva los liberales convirtieron a Hidalgo en su bandera, la vía por la cual alcanza su más alto honor, convirtiéndose de manera oficial hasta la actualidad en el padre de la patria.

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