SANA-MENTE

Familias Disfuncionales


Astrid Alamilla Schrunder

Las familias disfuncionales, como bien lo indica su nombre, son aquellas familias que “no funcionan” sanamente y tienen en común la incapacidad de poder discutir y resolver los problemas de raíz. ¿A qué me refiero?  Puede ser que en el seno familiar se discutan algunos “asuntos”, incluso muy frecuentemente discutir por el mismo tema, pero suelen discutir por encimita, sin atacar el verdadero problema. Se van enfrascando en problemas que consideran grandes, por ejemplo: la rebeldía del hijo adolescente, pero realmente no discuten el fondo, ¿por qué presenta esa rebeldía el hijo?  

De esta forma surgen constantes discusiones que van estresando la relación, pero estas constantes son indicación de que existe un problema mayor que se ha evitado tratar, o se ha descuidado, o existe la incapacidad para hablar sobre eso por la severidad que representa.


En una familia disfuncional, los miembros juegan papeles rígidos y la comunicación está severamente restringida a apegarse al rol que desempeñan. Esto quiere decir que los miembros no tienen libertad de expresar opiniones, experiencias, deseos, necesidades, sentimientos, sino que deben limitarse a desempeñar su rol en la familia y adaptarse a ésta como tal. Es decir, el hijo siempre será el hijo, y será tratado de la misma forma: obedecer ante sus padres.


Para que fuera una familia saludable, cada miembro debería modificarse a medida que van cambiando sus circunstancias, por ejemplo: la clase de atención materna que recibe un niño en edad escolar, no deberá ser la misma que un adolescente de trece años, ya que resulta inadecuada y poco productiva. El papel materno debe alterarse para acomodarse a la realidad y así promover el sano desarrollo del “adulto en formación”. De esta forma el adolescente se sentiría respetado y nutrido emocionalmente en su necesidad natural de ser tratado como adulto. Otro ejemplo sería, cuando la hija toma la decisión de unirse en matrimonio o pareja. En ese momento las circunstancias cambian, y la hija debería ser tratada como un adulto independiente con decisiones propias para el bienestar y sano desarrollo de su “nueva familia”.  Sin embargo, en las familias disfuncionales la realidad se niega y los papeles permanecen rígidos y es muy difícil poder tratar el tema.


Cuando nadie puede hablar sobre lo que le afecta a cada miembro individualmente y a la familia como grupo, cuando ciertos temas son prohibidos en forma implícita (se cambia el tema) o de forma explícita (¡aquí no se habla de esas cosas! ), los miembros aprenden a no creer en sus propias percepciones y sentimientos, ya que al ver que su familia -que es nuestra mayor figura de autoridad y emocional no lo aprueba, consideramos que estamos yendo en contra de lo “normal”, lo adecuado y correspondiente a un buen hijo, buen marido, buen hermano, haciéndonos sentir no dignos de pertenecer o convivir desde nuestra autenticidad.

 
Alas Ayuda Emocional
Lic. Astrid Alamilla Schrunder
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