CLUB DE CIENCIAS

El cosmos, parte I

Lecturas: 119


Existen tres niveles ontológicos del cosmos: el microcosmos, el mesocosmos y el macrocosmos. El conocimiento del microcosmos se inició a partir de que Leeuwnhoek nos enseñó que había una realidad que no podíamos percibir con los sentidos, y culminó —en sentido epistémico— con los estudios de las partículas subatómicas.
 
Con Copérnico, Galileo, Kepler y Newton se inició el conocimiento del macrocosmos, y ha sido continuado por todos aquellos astrónomos y científicos que han aportado en el campo de la astronomía.
 
El mesocosmos es el mundo que hemos conocido desde siempre, el cual abarca no sólo los objetos que podemos ver o sentir, y no únicamente trata de objetos como un vaso, un libro, una montaña o una nube, sino que abarcaba al ‘universo’ precopernicano o geocéntrico, que terminaba en la esfera de las estrellas (el universo de la Divina comedia de Dante). Un universo, éste, al alcance y, prácticamente, a la altura del hombre.
 
En el mesocosmos el mundo siempre estuvo a la mano, y a la vista. Conocerlo ha requerido, claro, de mucha experiencia —conocimiento fáctico—, observación, experimentación y razonamiento. Desde el inicio el hombre ha acumulado experiencia en forma de conocimiento práctico, según el cual se debe proceder de la manera como le ha resultado a otros —ancestros, contemporáneos o uno mismo—. La forma como se daba caza a un animal estaba regida por el conocimiento de las técnicas o maneras de proceder que habían dado resultado en otras ocasiones. Esto era cierto también para recolectar frutos, pescar, criar ganado, fabricar utensilios, armas, ropa, etc.
 
Pero unido a este acervo de experiencias, que formaba parte de la cultura que todo grupo humano crea —el individuo nace dentro de una cultura, pero ésta es creada y mantenida por el grupo—, indisoluble de vivencias y recuerdos, se fueron realizando racionalizaciones de lo que se presentaba como incomprensible o desconocido, creándose con ello los mitos, origen de las religiones, la filosofía y, consecuentemente, y en parte, de las artes y la ciencia.
 


Columnas anteriores