GREAT SIOUX NATION

Un hombre hambriento

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Soy, básicamente, un hombre hambriento.
 
Mis ganas de comer son insaciables.
 
Incluso he pensado que mi hambre no me pertenece, que debo cargar dentro de mí no sólo mi estómago, sino también el de mi abuelo y el de mi padre y el de los hijos que nunca tendré. Yo soy varios estómagos andando.
 
La verdad es que me puedo enamorar de cualquier mujer que me dé comida, aunque sea una mala mujer. Incluso diría que mientras más mala es, más rápido me enamoro.
 
Por desgracia, he conocido muy pocas mujeres buenas.
 
Mi última novia me fue infiel a rabiar.
 
Me engañó con todos, con propios y extraños, con amigos y enemigos. Hasta con el panadero, y no es chiste, pero siempre, por las mañanas, cuando regresaba de serme infiel, traía consigo un bolillo bajo la falda, unos churros o unas donas y yo, cubierto de lágrimas, no atinaba más que a pedirle que siguiéramos juntos.
 
A veces, para no pensar en comida, me pongo a gritar. Estrelló mi cabeza contra las paredes. Me desmayo.
 
Alguien me dijo que me parezco a mi país, creo que ese 'alguien' fue un intelectual venido a menos. Lo encontré una mañana, mientras revisaba un bote de basura. Al verme se limpió la boca, que tenía cubierta de mocos, y exclamó: -Usted y yo somos como dos espejos gemelos enterrados en esta tierra de hombres escuálidos. Quien nos vea verá una multitud famélica. Y cuando nos colocamos uno frente al otro lo que se contempla es un hambre infinita, un hambre que se repite sin cesar.
 
A veces, por matar el hambre, leo. Desgraciadamente, leo mucho. Toda mi cultura se la debo a mi pobreza y a mi hambre. Pero no consideremos esto como una conclusión.
 
He conocido hombres pobres e incultos.
 
Leo de todo, amigos míos, desde ensayos políticos hasta novelas de detectives.
 
De cuando en cuando, si el hambre es demasiada, poesía. Podría recitarles mil poemas ahora mismo, pero no quiero aburrirlos.
 
Mejor invítenme a comer.