SENADOR

Tomás Garrido VIII

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En el inicio del gobierno del general Lázaro Cárdenas (1934-1940) la clase política mexicana de aquel entonces, para nada creía en la figura independiente del nuevo presidente, y por lo tanto, lo consideraban incapaz de desligarse políticamente del callismo como corriente dominante en la estructura del poder nacional, y para los políticos muy cercanos al general Plutarco Elías Calles, se consideraba que Cárdenas –que apenas había nacido en 1895- no tendría las agallas para sacudirse el tutelaje severo que ejercía el sonorense sobre todo el país, a través de los presidentes en turno. Incluso se dice, -como ilustrativa anécdota- que con más cariño que otra cosa, desde siempre el Jefe Máximo se refería al michoacano, como "El Chamaco." Lo veía como hechura completa suya.
 
Es importante conocer el contexto anterior para apreciar la forma de hacer política y la conducta personal de Tomás Garrido Canabal, como miembro del gabinete cardenista y como un político de confianza de Calles. La forma de entender la política de Garrido era radical, con tendencia marcada hacia la creación de nuevas formas sociales. Esa conducta radical, -que hoy podría parecernos excesiva, e incluso, chocante, en las primeras décadas del siglo XX era una forma airada de protesta ante la barbarie de la Primera Guerra Mundial, y una consecuencia en México, del estallido de la Revolución Mexicana. Los revolucionarios de entonces tenían como un objetivo decisivo acabar con los privilegios de clase, aunque algunos de ellos provinieran de esa misma clase. Un ejemplo que Garrido admiró mucho fue el de Lenin.
 
En nuestro país, el radicalismo fue una tendencia nacional, legitimada por la gran desigualdad que ahondó el Porfiriato y por las fuerzas sociales largamente contenidas del pueblo mexicano. En Veracruz, Adalberto Tejeda, y en Yucatán, la noble figura de Salvador Alvarado, son ejemplos cercanos.