Contexto Bíblico

¿Conoces realmente a Dios? (Parte II)

Lecturas: 70


¿Recuerdas cómo hiciste conexión con tu pareja o cómo congeniaste con tu amigo del alma? Seguramente fuiste empático, es decir, entablaste una comunicación en la que mostraste interés y escuchaste todo lo que tenía que decir. Luego, hablaste tú y te mostraste cómo realmente eres, sin máscaras, abriste tu corazón, incluso, le confesaste tus debilidades… así se fortaleció su relación.   Si aplicáramos esto mismo con Dios, seguro nuestra relación sería tan sólida y estrecha que se volvería superior a las demás. 
 
El principal problema para conocer realmente a Dios, es que solo nos limitamos a tener conexión ocasional y en ese tiempo, escuchamos de Él pero no platicamos con Él y cuando lo hacemos, solo hablamos nosotros y nuestra conversación se resume a pedir y pedir. ¿Qué tan empático hemos sido con Dios?, ¿cuándo le preguntamos si quiere decirnos algo y tomamos todo el tiempo necesario para escucharle sin prisas o interrupciones? Regularmente no lo hacemos porque nuestra vida está más centrada en nosotros mismos que en Él. Decimos que conocemos a Jesús y hasta lo llamamos “amigo”, pero realmente no lo somos, porque ni siquiera nos mostramos sin máscaras o le hemos confesado nuestra debilidad y problemas antes que a otros.
 
En ocasiones nos involucramos tanto en los quehaceres de la iglesia que olvidamos realmente conocer a Dios y fortalecer nuestra relación, que verdaderamente tengamos cercanía. Poco leemos las Escrituras que revelan su voluntad. Si no le buscamos y no leemos su testamento, no podremos conocer su deseo, no sabremos cuáles son esas riquezas espirituales que nos ha heredado y mucho menos vivir conforme a estas. 
 
Juan 17:3 dice “esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a Jesucristo a quien tú enviaste”. La palabra conocer no es solamente saber de su existencia. Es riesgoso pensar que con saber quién es y aprender sus enseñanzas ya somos herederos de su reino, porque podría pasarnos lo que a Israel, su pueblo escogido (Éxodo 32) : Teniendo un Dios vivo que había hecho  grandes milagros, que los rescató de la esclavitud, que les salvó la vida, que los protegió de día y de noche; en lugar de agradecerle con gran ímpetu, fundieron oro, hicieron un becerro y le dieron gracias. Es decir, puedes confundir a quien le debes realmente la vida y la razón por la que estás aquí.