SENADOR

Manuel Mestre (4a. Parte)


Tras su caída en 1911 de la Presidencia de la República y su salida del país en el barco Ipiranga Porfirio Díaz pronunció su frase –y también presagio- “Madero ha soltado al tigre; a ver si puede domarlo.”
 
Ese tigre al que aludía el sempiterno general oaxaqueño era el desorden de un país y un pueblo que apenas estaban construyéndose. Esa inquietud social se desató en todos los estados y regiones del país, y Tabasco no fue la excepción. Otros participantes de la política, entre los que se encontraba el Dr. Manuel Mestre, llamaron a ese desorden expansivo, Revolución.
 
Fue de esta manera como el breve periodo de Don Polo Valenzuela concluyó en Tabasco, ya que los nuevos políticos deseaban con la impaciencia propia de los Revolucionarios, imponer un nuevo orden.
 
Mestre, con su prestigio como temprano opositor en revistas y periódicos críticos; y con su prestigio profesional como médico en aquella época en que en un Tabasco abandonado, -como decía mi respetado amigo el Dr. Juan Puig- más que vivientes lo que había era sobrevivientes- gozaba de un prestigio social por su labor de médico protector de los necesitados de la población, que sin duda, eran la mayoría.
 
Sin olvidar que también pertenecía a una de las más prominentes familias tabasqueñas. Todo esto lo llevó a ser nombrado gobernador interino de Tabasco del 9 de junio al 3 de julio. Sin duda que ello debió ser un honor muy grande para él.
 
En este periodo de la vida de Mestre da inicio la parte más polémica de su carrera en la vida pública de Tabasco, pues en el tiempo imprevisible que se vivía en Tabasco, las pugnas estaban a la orden del día. Además, aún en aquellos tiempos lejanos, tengamos siempre presente nuestro temperamento tropical. Y contra su inicial promesa de no presentarse a las elecciones constitucionales del 6 de agosto de 1911, Mestre se presentó.