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En un reino muy, muy lejano…

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Existía un lugar donde la gente podía ir y venir, los niños jugar, los chicos ir a las fiestas y disfrazarse y divertirse y beber refrescos y reír y bailar. Las mujeres hacían sus tareas y los hombres las propias, y al llegar la tarde-noche, igual que los pájaros en los árboles, armaban alharaca, reunidos vecinos, amigos y familiares, a la puerta de sus casas, para comentar lo acontecido en el día.  Y cuando la oscuridad cubría las calles, todos se recogían en sus hogares para cenar y convivir en la intimidad de sus familias, donde compartían el pan y la sal de la vida… para después soñar con las puertas abiertas por el calor, ciertos de que estaban seguros.
 
Los monstruos que regían desde el gobierno –a pesar de ser los causantes directos de la corrupción y el poder ilimitados-, todavía guardaban cierto “decoro”; la policía, aunque con algunas “mordidas” que completaban su semana, correteaba criminales y éstos parecían algo lejano, algo que no nos pasaba a nosotros, salvo por algunas historias excepcionales en su barbarismo… y en fin, nunca fue utópico, nunca fue maravilloso, ya se apoderaban de nuestro país los nuevos ricos y corruptos pero tampoco era el mundo putrefacto de un sector que enriquece desmesurado, mientras propicia la pobreza, crimen y feminicidios que vive nuestro país. Tampoco se estaba rodeado de malditos que se reproducen en la total impiedad para secuestrar, robar, asaltar y matar con el salvajismo de un sádico anormal que se multiplica hasta poder convertir en una especie de guetos a ciudades enteras, como lo está viviendo Tabasco. Junto con la quiebra de Pemex, el desempleo general, la devaluación del peso y la corrupción, el edén pareciera ser presa de un complot. Es la plutocracia. ¿Hasta dónde llegará la situación de un Estado antes tan próspero? Tu voz es importante, ¡habla! Aunque nos cansemos.