VIVIR BIEN

Se le quitó la lepra y quedó limpio

Era una desgracia en aquel tiempo contraer la enfermedad de la lepra, por el rechazo social y religioso.



Se le quitó la lepra y quedó limpio

(Foto: Especial)

11/02/2018 05:05 / Centro, Tabasco

Evangelio de San Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: "si tú quieres, puedes curarme". Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: "¡sí quiero: sana! Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio. Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: "no se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por moisés". Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes.

Palabra del señor. Gloria a ti, señor Jesús.


MONSEÑOR GERARDO DE JESÚS ROJAS LÓPEZ OBISPO DE TABASCO
cancilleria@ diocesistabasco.org.mx



La Sagrada Escritura en el libro del Levítico da una serie de normas para aquellos que, de una u otra forma, contraigan una impureza legal. Aquí se refiere a las enfermedades de la piel, y en especial a la lepra. El que contrajera alguna de esas dolencias, en su mayoría contagiosas, tenía que presentarse al sacerdote para que viese si realmente existía aquella enfermedad y, en su caso, tomar una serie de medidas de tipo terapéutico y preventivo.

De ese modo se evitaba, dentro de lo posible, que la enfermedad se extendiera. Pero al mismo tiempo se consideraba al enfermo como castigado por Dios, culpable de un pecado, quizá oculto, que en definitiva era la causa de aquel mal. Así, el pobre leproso no sólo tenía que sufrir su dolencia física, sino que además tenía que padecer la humillación y la vergüenza.

El leproso tenía que llevar los vestidos rotos, rapada la cabeza y cubierta la barba. Además debía gritar cuando alguien se acercaba diciendo "tamé, tamé", es decir, "impuro, impuro". Tenía su morada o vivienda fuera de la ciudad. Eran poblados miserables en los que aquella pobre gente se pudría poco a poco, sumidos en la soledad y el desamparo.

Nosotros contemplamos hoy este pasaje y nos sentimos identificados con el pobrecito leproso. También nuestra carne está enferma y podrida. Muchas veces notamos su descomposición mal oliente en nuestra vida, sentimos que nos tira hacia abajo a pesar de querer volar hacia arriba. El corazón se inclina con frecuencia al orgullo y a la vanidad, al egoísmo y la soberbia, a la pereza y la sensualidad.

Sí, también nosotros, como le ocurría a San Pablo, llevamos metida en la carne una espina y experimentamos la bofetada del demonio en nuestro rostro. Aquel leproso del Evangelio viene hasta Jesús, se acerca a él. Esto es lo primero que hemos de hacer, si queremos ser curados de la lepra de nuestra alma, confesar nuestros pecados con humildad, para que él nos perdone y nos dé fuerzas para no ofenderle nunca más.

El leproso se pone de rodillas y adopta una actitud suplicante. Con una gran fe y humildad, lleno de confianza, exclama: "Señor, si quieres puedes limpiarme". Ante esa manera de rogarle, ante esa sencillez, el corazón de Cristo se enternece con una compasión profunda y contesta: "Quiero: queda limpio". Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio. Jesús no se hizo rogar, fue suficiente la humillación y la confianza del leproso para que actuara en su favor enseguida. Seguimos contemplando y nos llenamos de alegría y de esperanza. Contemplamos en silencio a Jesús y esperamos que nos mire y se compadezca también de nosotros, tan sucios y podridos quizás.

Desde lo más hondo de nuestro ser repetimos la sencilla plegaria del leproso: "Señor, si quieres puedes limpiarme". Así una y otra vez. Podemos estar seguros de que Jesús volverá a enternecerse y nos dirá: "Quiero: queda limpio". Hoy el Evangelista San Marcos nos muestra de nuevo a Jesús haciendo realidad la Buena Noticia. Enseñaba con autoridad, expulsaba demonios y curaba en sábado. El hombre está por encima del sábado. El amor está por encima de la ley.

Jesús ve lo que está sufriendo el leproso a causa de la enfermedad y de su discriminación social y religiosa. Se acerca al leproso y le toca con su mano. Dos actitudes, dos verbos entre los muchos que emplea Marcos en su evangelio: acercarse y tocar. Un ejemplo para nosotros y una llamada de atención: tenemos que acercarnos al necesitado, acogerle con cariño y estar dispuestos a tenderle nuestra mano. Las manos sirven a veces para golpear, para rechazar, para desplazar al otro. Jesús emplea su mano para perdonar, para acoger, para ayudar, para apoyar al que se tambalea, para guiar al que no encuentra el camino.