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| El Panteón Azteca |
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Laureano Naranjo Cobian |
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La Cáscara amarga Publicado: martes 03 noviembre 2009 | 02:03 hrs. |
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Entre los aztecas o mexicas (última de las tribus nahuatlacas que, con grandes sacrificios, se asentaron en el Valle de México en el siglo 13), el Mictlan era la región de los muertos. El Mictlantecuhtli era el señor de la región de los muertos.
El gran pensador, escritor e investigador erudito don Miguel León-Portilla, en su conocidísima obra --los antiguos mexicanos--, nos dice que fue el mítico Quetzalcóatl, “símbolo de la sabiduría del México antiguo”, el responsable de realizar un arriesgado viaje al Mictlan para restaurar a los seres humanos sobre la tierra y después proporcionarles su alimento.
Quetzalcóatl se fue en busca de los llamados “huesos preciosos” que utilizaría para formar de nuevo a los hombres, pero el Mictlantecuhtli le puso una serie de obstáculos para que los huesos de las generaciones pasadas no pudieran ser tomados ni movidos de su lugar.
Por su parte, la serpiente emplumada fue ayudada por su doble o Nahual y por gusanos y abejas silvestres, logrando apoderarse de los huesos preciosos y llevándoselos a Tamoanchan. Nos relata don Miguel que con la ayuda de Quilaztli “molió los huesos y los puso después en un barreño precioso.
Sangrándose su miembro sobre ellos, les infundió luego la vida”. Por eso a los hombres se les llamó macehuales, que quiere decir -- los merecidos de la penitencia--. Pero los macehuales para poder vivir necesitaban comer, alimentarse. Otra vez, Quetzalcóatl se echó a cuestas la difícil tarea de redescubrir el maíz, “nuestro sustento”, y traerlo de donde estuviera. Siendo tan vasta su sabiduría, se puso en contacto con su amiga la hormiga negra que sabía donde se escondía “nuestro sustento”. Fingiendo un encuentro casual, Quetzalcóatl le hizo muchas preguntas hasta que la hormiga negra se rindió y lo guió hasta Tonacatépetl, que significa “monte de nuestro sustento” o sea, del maíz. Fue así como esta divinidad mitológica puso en labios de los primeros hombres Oxomoco y Cipactónatl el grano precioso para que comiéndolo “se hicieran fuertes”. ¿No es acaso este relato, trascendente? Desde luego que hay muchas cosas más que nos cuenta don Miguel León-Portilla en su pequeño gran libro, pero se los contaré en otra ocasión.
Ahora, nuestra firme creencia y más que creencia, nuestra fe (sólo para los creyentes en Dios Todopoderoso) está en el Señor Jesucristo, poseedor de una vida indestructible.
En la Biblia, en el Nuevo Testamento --Lucas—se relata que había un hombre muy pobre que se llamaba Lázaro, el cual era mendigo. Y había también un hombre rico que se vestía elegantemente y hacia espléndidos banquetes. Lázaro estaba, llagado, y se echaba a la puerta de la casa del rico para saciarse de las migajas que caían de la mesa del potentado.
Aun los perros venían y le lamían las llagas. Aconteció que murió el mendigo y fue llevado por los ángeles al Paraíso y también murió el rico y fue sepultado.
Estando el rico en tormentos en el Hades vio de lejos a Abraham y a Lázaro que lo acompañaba. Entonces dio voces diciendo: “Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama”. Abraham respondió: acuérdate que tu recibiste tus bienes en vida y Lázaro solo males. Ahora él es consolado aquí y tu atormentado. Además una sima está puesta entre nosotros y vosotros. Entonces el rico dijo: te ruego que le envíes a la casa de mi padre porque tengo cinco hermanos para que él testifique “a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento”. Abraham le contestó: tienen a Moisés y a los profetas, óiganlos. Entonces dijo el rico: no, Padre Abraham, pero si alguno fuera ellos de entre los muertos, se arrepentirán.
Mas Abraham le dijo: si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levante entre los muertos”. El que es incrédulo, lo seguirá siendo, aunque tenga la gracia de vivir un milagro. Por eso para los creyentes la muerte es sólo un paso hacia las moradas celestiales que nos prometió el que nunca miente, el que siempre dice la verdad, el sublime y perfecto, Jesucristo, Hijo unigénito de Dios. |
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