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Grandotas… '¡aunque me peguen!' Francisco Peralta Burelo
Sólo en domingo
Publicado:  domingo 01 noviembre 2009 | 03:02 hrs.

 

 
 

 

Fcoperalta42@hotmail.com
Eso de “grandotas aunque me peguen”, “caballo grande aunque no ande”, “así de grandotas me gustan”, viene de antaño: es parte del viejo refranero mexicano.

¿Desde cuándo no esos mexicanos machotes, echados pál frente, campeones de la picaresca y el albur, hábiles en el juego de palabras y el chascarrillo, buenos para el piropo, no las habrán repetido hasta el cansancio cuando cerca han tenido a una de esas damas de estatura y corpulencia mayor de la que es normal en un cuerpo femenino estándar?

¡Desde siempre! Ver una mujer de alto porte, aunque sea delgada, y más todavía si su complexión es robusta, inspirará hasta al menos aventado y aún más respetuoso a lanzar un “así, grandotas, me las recetó el doctor”, “un grandotas aunque me peguen”, un “caballo grande aunque no ande” o un “así de grandotas me gustan”.

Quizá no a todos los mexicanos les gusten las grandotas –el “caballo grande aunque no ande”—, porque en gustos, como dice otro también conocido refrán, “se rompen géneros”, ¿pero habrá acaso hombre alguno que al tener ante sus ojos a una mujer de mayor estatura que la común se quede con las ganas de deslizar un “así me la recetó el doctor” a cuando menos pensarlo en silencio?

Usted, lector, ¿nunca le ha dicho a una mujer de mayor estatura que la suya un “así me las recetó el doctor” o un “grandotas aunque me peguen”? ¿O cuándo menos no se ha quedado con la ganas de decírselo a una que a otra? No conteste ninguna de estas preguntas si no quiere hacerlo (ah, pero si responde que “no”, ni usted mismo se lo va a creer).

Supuestamente a los hombres les gustan grandotas aunque les peguen. ¿No acaso así lo dice el viejo y conocido refrán mexicano? Así las prefieren, ¿o no? En la realidad no ocurre de tal manera al cien por ciento (vamos, ni siquiera quizá al cincuenta por ciento).

¿Cuántos hombres, por más que les gusten las mujeres bien altas, no podrían darse ese gusto precisamente por no dar el largo? (aunque sí el ancho). Sin duda muchos, porque un elevado porcentaje de mexicanos –y de choquitos—no miden más del metro ochenta u ochenta y cinco que para tales casos se requeriría.

Lo estándar sería que los hombres fuesen más altos y corpulentos que las mujeres y que éstas alcanzaran menor estatura y su complexión física fuese de menos carrocería. Esa habría sido la proporción perfecta en las viejas sociedades mexicanas (y ya no en las actuales, desde luego), lo que además habría permitido la conformación de parejas parejas, y no disparejas.

A la mujer pasada de estatura le costaba más trabajo que a una de mediano tamaño conseguir novio o marido. Tenía –se decía antaño—menos de dónde escoger (porque los más altos que ella eran contados). Igual sucedía con el hombre extralargo (que no encontraría sino unas cuantas de su rodada).

Eso habría ocasionado que aunque un hombre y una mujer se gustaran no noviaran o se casaran. Ah, ese fatídico ¡qué dirán! O que se conformaran parejas disparejas, con uno de ellos pasado de estatura y otro (u otra) de reducida altitud o aún de proporciones normales.

No llegaría a ser muy común –aunque se dieran casos a ese respecto—un hombrón con una mujercita, o una mujerona con un hombrecito. Eso se daría, aún y cuando en muchas ocasiones fuese contra la voluntad de una y otro o de uno y otra. Noviazgos, casorios, sólo amistades cercanas, entre cuerpos disparejos. Cuántos no se abstuvieron de construir una relación interpersonal nada más por la diferencia de estaturas y complexiones.

Empero eso fue antaño. Hoy ya no es así. ¿O a poco a alguien le importa algo más que un comino formar una pareja dispareja? Una mujer alta puede hacerse novia de un chaparro y hasta casarse con él; un hombre de más del metro noventa y de más de cien kilos bien que se anima –claro, si ella le corresponde—a formar un noviazgo y un hogar con una dama menudita. Las viejas simetrías físicas pasaron a la historia; ya a cualquiera le valen.

Hay mujeres a las que les gustan grandes, aunque les peguen, o aunque no anden o porque así se los recetó el doctor, y lo demás ni les va ni les viene. Igual que a los hombres actuales. La asimetría de los cuerpos y de los pesos ha dejado de ser impedimento para la relación entre sexos diferentes. Los noviazgos y matrimonios entre peques y gorilones o entre chapos y mujeronas ya no son cosa de otro mundo, y ni quien se fije.

¿O no es así?, lector, lectora.

Y hasta el próximo domingo, Dios mediante.
 
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