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Vía Revolucionaria

15 de Junio del 2009

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Esta reseña fue publicada originalmente en La Crónica de hoy

 

 

 

Existen varios calificativos hacia el postmodernismo, y lo que éste ha hecho en diferentes etapas históricas por las sociedades más demandantes y llevaderas como la norteamericana. Diría que uno de los elementos más recurrentes es el vacío, que oscila desde las personas más ingenuas, ‘costumbristas’, hasta los más autocríticos y molestos intelectuales.

 

Revolutionary Road es la esencia pura de la conversión de los pueblos y sus individuos. La transformación hacia el urbanismo y por ende, a su más estado antropológico. Richard Yates, un escritor nacido en 1926 en una localidad de Estados Unidos (Yonkers), al publicar Via Revolucionaría –en 1961- gana el prestigioso Nacional Book Award, esta será una de las tantas ediciones que se han hecho de este libro que al principio parecía ser halagado en exceso; conforme se avanza en las páginas, se explica el por qué.

 

Hay sensaciones encontradas cuando desmenuzamos a los personajes principales de un tan atinado título: Revolutionary Road. Si alguien tuvo la oportunidad de ver el filme de Sam Mendes, protagonizado por Kate Winslet y Leonardo DiCaprio, sabrán de lo que estoy hablando.

 

April y Frank Wheeler son los dos sujetos a quienes unos quisiera encontrarse puntualmente en  los bares de Connecticut, eso sí, en esos aires de los cincuentas. Como amistades para confrontaciones ideológicas claro está. Me explico, con un párrafo tomado del libro: “Todo este país está podrido de sentimentalismo –dijo Frank…Quiero decir, más aún que el ánimo de lucro y la pérdida de valores espirituales o el miedo a la bomba atómica…O quizá es el resultado de todas estas cosas; quizá es lo que ocurre cuando todo esto empieza a actuar a la vez sin una tradición cultural capaz de asimilarlo”.

 

La hembra y el macho ya son seres de la jungla dentro de un marasmo de dudas y de clichés. La infidelidad sin justificación siquiera suprema, algo de amor o caricias tontas al menos, ya todo es vacío y sin sentido, el hacer las cosas sólo porque en ese momento gana el ‘impulso’.  Aunque exista una casa linda y dos pequeños a quienes preparar el desayuno.

 

Las peleas cotidianas, la forma castrante de la mujer sobre el hombre, los hijos, la desvalorización de la rutina, el no tener fe religiosa con que sostenerse; el continuo ejercicio de soñar despiertos en alguien que no somos, creer que en Europa se encuentran las respuestas de lo que queremos, llámese también planeta Marte: “Es como haber estado envuelto en celofán durante años sin saberlo, y de repente salir”, le dijera Frank a April cuando éste ya convencido de dejar la monotonía y su espantoso trabajo, la encuentra más contenta a ella por la grandiosa idea de huir.

 

Pero cuando finalmente nos dejamos de torturar y encontramos que lo ‘ya establecido’ y ‘así lo quiso el destino’ se acomodan en cada uno de nosotros, ya no queremos encontrarnos a personajes como April y Frank. Porque ellos son la misma imagen de la infelicidad, de la pereza de vivir, de los quejumbrosos por los políticos, por la comida, por todo. Y ya ni siquiera un regalo nos hace vibrar, y la llegada de un hijo nos hace temblar, para qué gente como esa, si con mirarnos a un espejo es suficiente.

 

 

 

 

admin Crónicas

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