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Viejo…Mi querido viejo

21 de Junio del 2009

Don Maurilio pela chícharos. Alcanza la botella: un trago, una pelada; un trago, una pelada;  así sabe que nadie lo molesta debajo de aquel árbol limonero. Aún le quedan zanahorias por pelar y quizá también un cuarto de papas; para entonces sólo Dios sabe si estará en condiciones. Cuando encuentra alguno que otro de los escondites que doña Rufina dispone para los alipuses, no sabemos el destino de su cuerpo languideciendo como un bebé.

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Maurilio y Rufina

 

El abuelo Fausto resuelve crucigramas de los diarios. Es un gran lector, también entre líneas. Ahora se dispone a preparar su auténtica limonada, la más rica que he probado. Hasta ahora no he podido imitar el sabor con aquella receta de cáscaras de limón en la licuadora, sólo a él se le dan las medidas exactas de azúcar, agua y paciencia.

 

La fiesta grande ya espera por los Carpena. Cada mayo –desde hace más de un siglo- reciben a un gran número de personas (aumentan con el venir de los años), para recibir tremenda tamaliza acompañada de atole y pan. La razón: “Viene San Miguelito”; una imagen de 80 centímetros, tallada en madera con incrustaciones de oro y  finas ropas, con alas de plata, digna toda ella de una curaduría seria, a tantos decenios, es ya una obra sacra. Maurilio Carpena, siempre es el primero en esperar a la peregrinación, en recibir a las altas jerarquías (los Mayordomos) para contarles sus historias.

El abuelo Fausto

El abuelo Fausto

 

Es domingo y el futbol es lo máximo en su cómodo departamento. Curioso es saber, que aquel terreno antes fuera una casa grande, grande, toda para él y su abuelo, y sus recuerdos de juventud; pero a tantos años, y después del terremoto de 1985, el abuelo Fausto regresó al mismo lugar (dejando atrás un edificio enorme en Tlatelolco) convertido en departamentos, injustos, y de esta era moderna de ciudad que se ha comido casas con jardines y techos altos como el cielo. Ya no le importa eso, pero la coincidencia a todos nos resulta extraña y fantástica.

 

“Ya va a empezar con lo mismo”, “llévenselo a la cocina, que no siga contando lo mismo”. Todos en la familia acuerdan y doña Rufina es la primera en jalarlo del brazo para sacarlo del comedor en medio de tanta gente que lo escucha. Pero es tarde, don Maurilio levanta la voz y forcejea con su mujer, aviva para decir que cuando la virgen de Guadalupe, “madre de los mexicanos” se apareció ante Juan Diego, “bajó del cielo, triunfante y ufana”. Algunos ríen, otros callan por respeto. Yo pienso en su poesía.

 

Se acerca la hora de ir a misa, y el abuelo que todos conocemos como el caballero de la fina estampa, sale con sus zapatos lustradísimos y bien fajado. Su habitual gallardía pudiera hacernos pensar en su coquetería natural pero siempre va bien acompañado de la abuela Lupita. Y de la misa, la rutina nos dice que la siguiente parada es el mercado. Como un reloj de esos que nos gustan mirar por tan exactos y elegantes, un suizo cucú colgado en la pared.

 

El abuelo Fausto fue un hombre que se transportó a distintas épocas (nació en 1913), de un México de la posrevolución, a uno en donde los boleros, el buen vestir, el hablar adecuadamente eran sello de ser un buen capitalino. Cuando joven, él llegó inaugurando la colonia Algarín; fue un hombre atlético que de vez en cuando se echaba sus copitas en los cabarets de moda, jugaba dominó por las tardes con sus cuates; tuvo la fortuna de conocer a los artistas de la época –llámese Agustín Lara, Cantinflas, Pedro Vargas- cuando su hermano periodista se lo jalaba para convivir. Trabajó 30 años en las rotativas del periódico El Esto. Por eso y más, cuando el abuelo Fausto hablaba uno siempre entendía el viaje que tuvo entre un país de buenas costumbres a uno en donde la esperanza parece muerta.

 

Mi abuelo poseía esa mirada que todos los viejos tienen, cristalina y enternecedora. Hasta sus últimos días siempre se comportó como en sus años mozos: “Tuvo un corazón lleno de romanticismo, afecto y cordialidad”, dice mi padre. “Gustaba de levantar la ceja y coquetear al estilo Pedro Armendáriz”, agrega, al preguntarle cómo recuerda al abuelo. La última vez que lo ví fue precisamente en un día del padre de 2007, dos meses después murió dejándonos un gran hueco.

 

Mi suegro don Maurilio aún vive, y su herencia más grande serán sus historias, que como él llama son revelaciones que se le dan en los sueños, en donde sus abuelos le dicen que en Xalatlaco –su lugar de residencia - se encuentra el tesoro de Cuauhtémoc y que él es quien deberá encontrarlo. Sus manos hablan del trabajo arduo de un campo que ya nadie quiere trabajar. También a él le ha tocado ver el cambio de muchos Méxicos. Aún no puede creer lo que hoy es Santa Fe.

 

En alguna fiesta familiar ambos abuelos se conocieron, por alguna razón no convivieron,  pero lo que es la vida, mientras mi abuelo debía usar gafas oscuras porque sus cataratas le restaban visibilidad, a don Maurilio le falta capacidad auditiva, Así qué menuda charla hubieran tenido. Benditos sean los dos.

 

Y ¿a mi padre? Él es para otras historias, sobre todo picarescas, mientras tanto, padre mío: ¡Hare Krsna! ¡Hare Rama!

 

admin Crónicas

  1. 24 de Junio del 2009 al 15:38 | #1

    Estremecedora historia:
    De mi padre Fausto aún cargo muchos recuerdos, mi vida entera. La mayoría magníficos e edificantes, algunos no tanto, pero esa es otra historia. Admiraba el caminar, el saludar y sonreir de un hombre allegado de otra época, pero bien adaptado a las circunstancias de ésta y cabe decir que no por eso claudicó a sus valores, al contrario. Sabía escuchar, mirar y callar: un filósofo de los hechos y del ejemplo.
    Su afición al futbol lo llevamos por él y al Atlante de sus amores, amor que compartimos toda la familia. Concí el viejo Estadio Asturias gracias a él, era para entonces un vetusto edificio de madera podrida y aún sae escuchaban las porras ¡arriba Atlante cabrones! fue mi viejo porrista allá por los años 30 a los 50’s que tiempos aquellos. Él era como un frayle sin hábito, un soldado sin fusil porque llevaba el orden muy dentro: me parecía ver a mi viejo de siempre tan dulce que he imaginado verlo de dos a tres años de edad perfectamente vestido con corbata y gorra, pantalón corto y medias, muy lustrado y de la mano de su madre, Doña Mariquita, quien lleva un misal; se encuentran en la Iglesia del Sagrado Corazón… ella de rodillas mira hacia el retablo, su ángel espera paciente las órdenes estrictas y dulces de su madre, después salen caminando tan tranquilamente que sólo se escucha el taconeo de Faustito…que rebosa en su corazón tanto amor…

  2. Clarissa0403
    31 de Agosto del 2010 al 14:30 | #2

    Hermoso, escribes precioso.

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