Vagabundos
Ya no veo más al vagabundo que vive cerca de mi casa. La última vez lo ví con sus cartones sobre la banqueta del Viaducto, esa gran avenida que tansporta agua, y en donde dicen se puede aparece La Llorona algún día de estos. No sé su nombre, no me atreví nunca a preguntárselo cuando vivió a sólo una esquina de mi edificio. Ese pobre hombre ya lleva varios destinos, seguro lo desalojan de un lado a otro.
Su aspecto es el de todos los vagabundos, sucio, barbado, ni enojado, ni triste, sólo buscando, viendo como transcurren los días, mientras su verdadera tarea es la de buscar qué comer y qué taparse. Digno es decir que libró los fríos del invierno, y las lluvias inesperadas de la ciudad de México.
Los domingos lo veía también en el tianguis de la Narvarte, husmeando por los basureros de los changarros de comida, se daba lujo con los sobrantes de tacos de barbacoa, pedazos de fruta y los grandes vasos de unicel con jugo de naranja; y aún con todo, no faltaba el alma caritativa y le regalaban consomé. Habría que ver la cara del hombre, ni feliz, ni enojado, a lo que iba: saboreando como el que más. Daba envidia su manera de mirar la comida hasta el fondo del plato.
Años atrás conocí a otros vagabundos de otro barrio, pero ellos eran ‘intelectuales’, decía mi hermano -quien sí tiene don de gentes y a todo el mundo le habla, mi querido Froylán, quien lo conoce se enamora de él, tiene amigos de todos los hemisferios de la ciudad, y de todas las clases sociales, quién como él-, pues sí, esos ‘intelectuales’ decidieron el camino del vagabundeo, sólo sus libros eran su compañía, a veces daban desconfianza, como todos los vagabundos, pero según eran inofensivos. Un buen día, ya no fueron vagabundos, se unieron y pusieron una carpintería, qué habrá pasado.
¡Bueno!, a este señor del Viaducto no se le veían intereses literarios, sólo una gran panza que no daba lástima, sino sembraba dudas. Pero, además de él hay otro joven, quien sí me da curiosidad, ya que tiene un aspecto diferente, es bien parecido, y hasta parece haber sido de buena familia, con sus rulos negros, muy delgado y su andar nervioso como si trajera una fractura en alguna pierna. Ya son habitantes de la colonia Roma y Narvarte, de hecho son ‘borders’, de un lado a otro de la frontera, dividida por el gran Viaducto Miguel Alemán.
Pero el señor barbado me preocupa, ya no lo veo más desde mi balcón, y me pregunto dónde estará, con su andar ausente, con la única preocupación de la recolección de cajas que le sirven como casa nocturna, y que luego él seguro en busca de provisiones, llega miserable el camión de la basura y recoge las pocas pertenencias. Me dan ganas de gritarles desde metros de distancia: ¡Dejen esas cajas ahí! ¿Dónde estas gordo vagabundo? ¿Por qué eres vagabundo?
Recuerdo una canción que canta Chabelo que habla de ellos, parece de risa pero esa canción de niña me daba tristeza. Y cómo olvidar Escuela de Vagabundos con Pedro Infante y la hermosa Miroslava. Y la siempre maravillosa imagen de Charles Chaplin, quien en varios filmes mostró la pobreza y su viva imagen del vagabundo Charlot.
Pero siempre la pregunta: ¿qué pasará con ellos?, es acaso que la sociedad es tan abrumadora que un buen día dicen: ¡Todo al carajo!
Hay diccionarios que los definen como “holgazanes y ociosos”, incluso como “el que está despierto durante la noche, y duerme durante el día”. Los motivos del vagabundeo son variables y trascendentes: el hambre, desastres naturales, problemas económicos.
“Los Actos de Encerramiento (Enclosure Acts) y la supresión de los monasterios católicos por Enrique VIII de Inglaterra, expulsaron a millares de personas de sus tierras y las obligaron a andar por las carreteras durante el siglo XVI para mendigar y robar”.1
Además de enfermedades mentales que se relacionan con los vagabundos, existen ideas románticas entorno a ellos, como el desamor y la melancolía de andar por las calles entonando el nombre de la amada. Siempre he pensado que los vagabundos tienen un mundo interior en el que nadie tiene el privilegio de acceder. A ellos dedico este fragmento de Jack Kerouac, de su novela On the Road.
“Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida, mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas. “
1.- Memoria del VI Simposium de Historia y Antropología. Pp 73-87. Universidad de Sonora. Peter Stern.
Sígueme en twitter.com/kareninadiaz
Sin categoría


Comentarios recientes