Las sirenas se comenzaron a escuchar desde las nueve y media a.m. En el Parque Juárez, del pueblo donde sobrevivo, un funcionario electoral me comentó que a esa hora, ya había problemas en algunos puntos de la ciudad y la tensión aumentaba. Por las calles, pasaban camionetas que acarreaban gente con cara de muy pocos amigos. En la gasolinera, rumbo a Villahermosa, mientras hacía cola para pagar una taza de café, se me acercó un activista a preguntarme si tenía algún pronóstico del resultado en Cárdenas. Me limité a repetir lo que decían las encuestas. Ni una palabra más, porque no entiendo nada de política. Entonces me aseguró, muy tajante, que ganaría en Sol Azteca. Y enfiló, con una sonrisa extraña, hacia la carretera, a bordo de un vehículo compacto. Minutos más tarde, pasaban las escenas por la televisión del estado. Los choques, mientras se daba la elección, entre las fuerzas públicas municipales y estatales en varios municipios. Y quien sabe por qué pero recordé a mi profesora de Literatura de primer año de Preparatoria. Tal vez ella tenga la culpa de que en vez ser un hombre de bien, me dedicara a la vagancia. Durante todo un año, nos hizo leer y discutir en clase las tragedias de Shakespeare, o lo que es lo mismo, nos dio a entender que el poder apasiona, corrompe, genera chingadazos y hace correr la sangre. Desde la presidencia de una sociedad de alumnos, hasta un reino. Eso y más recordaba, mientras veía las imágenes de la elección del domingo. Después, cuando empezaron a fluir los resultados, una frase de Macbeth regresó a la memoria: “Mira si resplandecen y son puros los ángeles, y sin embargo, el más luciente de ellos cayó”. Luego pensé en la imagen de los perdedores que dirían como Macduff en la misma tragedia: “Perdí toda esperanza”. |