No soy tan iluso para esperar que alguien atienda las quejas. Tampoco me voy a desgastar en trámites inútiles o en hacer antesalas para que algunos funcionarios de gobierno lo traten a uno con la punta del pie mientras se cuentan chistes, festejan la repartición de los dones o preparan el festejo de la rosca de reyes. Lo que nos hace falta en Tabasco, por lo menos en donde sobrevivo, es un “muro de las lamentaciones”, como le llaman al último resquicio del templo sagrado en Jerusalem. Allí, podríamos acudir los sufridos ciudadanos, los penitentes, a insertar la cartita con nuestras peticiones, para no quejarnos en vano de la ineficiencia, del caos, y sobre todo del ruido. Hoy decidí taparme los oídos, en vez de optar por escribir en un café Internet, porque además del “sonido” en la zona comercial, a los encargados de una casa de empeño se les ocurrió la idea de colocar un par de bafles a todo volumen, así que tengo que escuchar como si fuera un castigo: “no sufra más por el dinero, no sufra más por el dinero”, acompañado por una musiquita que no es precisamente la sinfonía “Titán”, de Mahler, o de perdida, la 40 de Mozart. En pocas palabras, no hay control sobre los límites de contaminación auditiva. “Ese es el problema de vivir en el centro de la ciudad”, me contestó hace tiempo un funcionario de ecología municipal, que tiene el título de biólogo. O sea, en pocas palabras, me dio a entender que si quiero paz y tranquilidad, me debo retirar al desierto, como “Simón el estilita” en el siglo IV, que pasó 37 años en una columna de madera, haciendo ayuno y oración lejos del mundanal ruido. Mientras tanto, hay que resignarse a escuchar la propaganda de la casa de empeño: “no sufra más por el dinero, no sufra más…”. (Con dinero, me iría por lo menos a Cancún). Feliz día de Reyes. |